Mentalidad
“El entusiasmo… afecta de manera vital no solo al entusiasta, sino a todos aquellos con quienes entra en contacto… es la fuerza vital que impulsa la acción. Los grandes líderes son aquellos que saben inspirar entusiasmo en sus seguidores.” —Napoleon Hill
¿Y si el éxito que estás buscando no dependiera de lo que sabés, sino de con quién conectás? ¿Y si tu timidez no fuera un rasgo de personalidad, sino una historia que aprendiste a repetir? ¿Y si el verdadero poder del networking no estuviera en venderte mejor, sino en interesarte más por los demás?
Durante muchos años me creí "malo para estas cosas". Tímido. Reservado. Poco carismático. Esa creencia —que parecía mi realidad— terminó condicionando la manera en que me relacionaba con el mundo. Hoy, después de cientos de conversaciones y vínculos construidos, puedo decirte con total convicción: la calidad de tu vida depende directamente de la calidad de tus relaciones.
La buena noticia es que conectar con personas no es un talento exclusivo, sino más bien, una habilidad entrenable. Si empezamos por el lugar correcto.
Esta semana, en una sesión uno a uno con una estudiante de mi Certificación de Líderes en Comunicación Humana, surgió una conversación que me puso a reflexionar. Ella me hablaba de su deseo genuino de generar networking, de aprender a romper el hielo, especialmente ahora que está emprendiendo y descubriendo el poder de rodearse de otros.
Durante mucho tiempo se mostró como alguien seria, tímida, reservada. En espacios sociales se sentía incómoda, sin saber cómo iniciar o sostener conversaciones. Pero al ir trabajando en sus creencias y actualizando su mente, empezó a notar: más apertura, más curiosidad, más presencia. No porque dejara de ser ella, sino porque soltó las historias que la limitaban.
Mientras la escuchaba, me vi reflejado. Yo también fui esa persona a la que le costaba muchísimo socializar. Romper el hielo me resultaba profundamente incómodo.
Cuando alguien quiere conectar y no lo logra, casi siempre hay dos extremos jugando en contra. El primero es la inseguridad: personas que llegan cargando creencias como "soy tímido", "no soy bueno para esto", "a la gente le da pereza hablar conmigo", "a mí me da pereza hablar con la gente". Ese diálogo interno roba recursos y te pone obstáculos internos antes de que la conversación empiece.
El segundo extremo es igual de dañino: la sobreexposición. Llegar queriendo vender, impresionar, mostrar logros o títulos. Sin darse cuenta, eso genera una barrera inmediata. Le recuerda al otro: "no somos de los mismos". Y la confianza dificílmente se construye así.
En ambos casos, el problema no es lo que se dice. Es desde dónde se dice.
Este es el secreto
La actitud que más rápido genera confianza no es la seguridad perfecta ni el carisma elevado. Es simplemente el genuino interés por la otra persona.
Cuando alguien siente que realmente te importa, baja la guardia. No porque usaste una técnica, sino porque percibe algo humano: amabilidad, apertura, presencia. Conectar no es preguntarte "¿qué van a pensar de mí?", sino "¿quién sos vos?", y esto cambia todo.
Antes de hablar, ya estamos comunicando. Por eso hay gestos simples —totalmente entrenables— que abren puertas como por ejemplo: postura erguida, contacto visual, una sonrisa real que se nota incluso en los ojos, manos visibles y un saludo cálido. Incluso el contacto físico respetuoso —cuando la cultura lo permite— ayuda a entrar en la barrera de confianza del otro. No se trata de actuar. Se trata de permitirte mostrarte.
Y sí, muchas veces se trata de retar tus miedos o resistencias, e incluso soltar las ideas que tenés sobre vos mismo y demostrarte de lo que sos capaz.
La conexión real
La vida, mi responsabilidad conmigo mismo y mis propios intereses me empujaron a romper mi patrón de timidez. A soltar creencias limitantes y a entrenar habilidades que hoy me tienen donde estoy. He entrevistado a cientos de personas en mi podcast —a la mayoría las conocí por primera vez frente al micrófono— y muchas de esas conversaciones se transformaron en relaciones que se han sostenido en el tiempo. Algunas de esas personas hoy puedo llamarlas amigos.
Gran parte de mis logros empresariales también vienen de ahí: de las conexiones que fui construyendo desde que emprendí como The Mind Coach. El efecto multiplicador del networking es brutal.
Pero romper el hielo es solo el inicio. La diferencia entre una linda conversación y una relación que se sostiene en el tiempo está en la curiosidad. Recordar que el otro tiene algo que aportar a tu vida.
Para eso necesitás hacer preguntas y para hacer buenas preguntas, necesitás escuchar. Y para escuchar, necesitás estar presente. Esto no se puede fingir.
No se trata de aplicar tácticas para vender ni de estrategias superficiales. La confianza se construye cuando le recordamos al otro: somos de los mismos. Cuando nos importa entender su historia y su mundo interno.
Te aseguro que el éxito depende de la cantidad de interacciones sociales positivas que sos capaz de tener. Nada grande se construye solo. Nada de lo que deseás va a ocurrir sin otros seres humanos.
Por otro lado, la ciencia también confirma que la calidad de nuestras relaciones es uno de los factores más importantes para una vida larga y sana.
Aprender a conectar no es opcional. Es una habilidad vital. Y cuanto antes empecés a entrenarla desde la autenticidad, vas a empezar a vivir la vida que realmente querés.
El camino comienza por conocerte a vos mismo y actualizar tu mente— soltar todos aquellas ideas que te están impidiendo mostrarte al mundo desde tu versión más genuina.
Jorge
Comunicacion
Marcos mentales: la raíz de toda comunicación efectiva
Hay una ilusión muy extendida en el mundo del desarrollo personal y el liderazgo: la idea de que aprender una técnica es suficiente para cambiar. Que si alguien te da los cinco pasos para dar feedback efectivo, o la fórmula para hablar en público con confianza, o el método correcto para tener conversaciones difíciles, algo en vos va a transformarse de manera duradera. A la hora de las horas, sabemos por experiencia que la historia es otra. La mayoría de las personas que buscan mejorar su comunicación o su liderazgo ya saben, en algún nivel, qué deberían hacer— han leído libros, tomado cursos, escuchado podcasts— y aun así, en el momento decisivo, algo falla. Dicen lo que no querían decir. Se bloquean. Reaccionan de una forma que después no comprenden. Se sabotean, sin poder explicar por qué. Esa brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos no es un problema de información sino de marcos mentales.
Filosofía Estoica
Cómo diseñamos la vida que después no queremos vivir
Te despertás. No por voluntad, sino por la alarma. La apagás y, antes de abrir los ojos del todo, ya estás en Instagram. No porque querés, sino porque el correo, Slack y WhatsApp te van a recordar que tu día no te pertenece. Necesitás unos minutos de anestesia antes de enfrentarte a lo que viene. Te bañás sin estar presente. El agua cae y vos estás calculando cuánto tráfico hay, cuánto falta para la reunión, cuántas formas tiene ese día de salir mal. Todavía no pasó nada y ya estás agotado. Así empieza un lunes cualquiera. Y un martes... un jueves. Entonces llega una pregunta constante, sobre todo en los momentos más incómodos del día: ¿para qué estoy aquí? No de forma filosófica-romántica. Sino que duele. Y aparece entre correos, mientras esperás a que cargue una página, mientras alguien habla en una reunión más que no te importa. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué me tocó esta vida?
Mentalidad
El fenómeno del silo: el lado oscuro de quedarnos cómodos en las mismas conversaciones
¿Alguna vez te has enojado tanto con una opinión ajena que te preguntaste cómo es posible que alguien piense así? ¿Cuándo fue la última vez que te sorprendió descubrir que "la mayoría de la gente" piensa completamente diferente a vos y a tu círculo? ¿Y si te dijera que esa indignación, esa sorpresa constante, es una señal de alarma de que estás viviendo en una burbuja más pequeña de lo que creés? La noche de las elecciones presidenciales de 2020, sentado frente a la pantalla mientras los resultados iban apareciendo, sentí algo que no había anticipado: sorpresa genuina. Estaba convencido —completamente convencido— de que era imposible que un pastor evangélico pudiera siquiera acercarse a la presidencia de Costa Rica. Sin embargo, ahí estaban los números: mucho más cerca de lo que cualquiera en mi círculo había imaginado.
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