Filosofía Estoica
"¿Qué puede entonces acompañarnos en el camino? Una sola cosa: la filosofía. Y consiste en mantener lo divino que hay en nosotros intacto; aprender a ser dueño del placer y del dolor; no hacer nada sin propósito, sin verdad ni integridad; independiente de lo que otros hagan o dejen de hacer. Aceptando todo lo que sucede y le es asignado como si viniera de la misma fuente que le dio origen. Y que, sobre todo, espere la muerte con la serena confianza de que no es más que la disolución de los elementos que componen a todo ser vivo. Porque si no hay nada que temer para los elementos mismos en su constante transformación de uno en otro, ¿por qué habríamos de mirar con angustia el cambio y la disolución de todos ellos? Esto es conforme a la naturaleza. Y nada que sea conforme a la naturaleza puede hacernos daño." —Marco Aurelio, Pensamientos para sí mismo
Te despertás. No por voluntad, sino por la alarma. La apagás y, antes de abrir los ojos del todo, ya estás en Instagram. No porque querés, sino porque el correo, Slack y WhatsApp te van a recordar que tu día no te pertenece. Necesitás unos minutos de anestesia antes de enfrentarte a lo que viene.
Te bañás sin estar presente. El agua cae y vos estás calculando cuánto tráfico hay, cuánto falta para la reunión, cuántas formas tiene ese día de salir mal. Todavía no pasó nada y ya estás agotado.
Así empieza un lunes cualquiera. Y un martes... un jueves.
Entonces llega una pregunta constante, sobre todo en los momentos más incómodos del día: ¿para qué estoy aquí? No de forma filosófica-romántica. Sino que duele. Y aparece entre correos, mientras esperás a que cargue una página, mientras alguien habla en una reunión más que no te importa.
¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué me tocó esta vida?
La pregunta llega, se instala, y no recibe respuesta. Vive en tu cabeza como un zumbido que aprendiste a ignorar pero que nunca se va. Ya se asentó, ya tiene un terreno ganado. Tiene residencia en tu cabeza sin que le hayás dado permiso.
Y entonces un cliente te critica. O un comentario en redes te recuerda que estás expuesto. Y lo que debería ser algo menor se convierte en una avalancha de: no soy suficiente, no sirvo para esto, quizás debería dejarlo todo. Un proyecto que cotizaste durante meses se cae, y con él se caen tus ganas. Te echas a la cama y tu mente empieza a hacer su trabajo favorito: desenterrar cada vez que alguien te dijo —de alguna forma— que no servías para nada.
El estrés no se detiene. La ansiedad no se detiene. El ruido interno no se calla y cada vez es peor.
Así vas construyendo la historia que te contás sobre vos mismo.
"Soy perfeccionista." "Soy muy controlador." Lo decís como si fuera una característica de personalidad, a veces con orgullo, a veces como una broma que duele porque sentís que es cierta. Un guiño de una confesión de que no sabés distinguir entre lo que podés cambiar y lo que no.
Querés que las cosas salgan a tu manera. Siempre. Y cuando no salen —que es casi siempre— aparece la frustración, el enojo, el resentimiento. "Las personas son estúpidas". "El mundo es injusto". "Tu pareja no entiende". "Tus amigos no valoran". Y vos estás ahí, rígido, sintiéndote moralmente superior, paradójicamente con la razón en todo y sin disfrutar nada.
No disfrutás los paseos. No disfrutás las cenas. No disfrutás la música. Porque siempre hay algo que señalar, algo que corregir, algo que no está a la altura de tus expectativas.
Y sin darte cuenta, estás esperando que el mundo entero se ajuste a la vida que tenés en tu cabeza.
Tengo que demostrar, tengo que demostrar, tengo que demostrar. Porque si no demuestro, no soy suficiente. Y si no soy suficiente, me quedo solo.
No lo decís en voz alta, pero lo gritás con tu carro nuevo, con tus viajes constantes, con tu ropa de moda. Muchas veces comprometés valores que ni siquiera sabés que tenés, con tal de que alguien —cualquier persona— valide tu existencia.
El enojo se convierte en escudo. Porque es más fácil enojarte que admitir que tenés miedo. Es más fácil enojarte que sentarte frente a alguien y decir: no sé qué estoy haciendo con mi vida. Es más fácil enojarte que cambiar.
Si alguien se acerca con amor y te dice "estás viviendo desde el miedo", lo primero que pensás es: ¿qué clase de humo es ese? Uno más con esas habladas de libro de autoayuda. Esa mierda de crecimiento personal no sirve para nada.
Lo loco es que esa vida que no estás disfrutando, sí te da algo. Te da la sensación de que sabés cómo funciona todo. El enojo te da poder: golpeás la mesa y la gente cede. La superioridad moral te da identidad. El resentimiento te hace crear historias en las que siempre tenés razón.
Lo que perderías si soltás todo eso es la falsa comodidad de creer que sabés cómo son las cosas.
Y eso da más miedo que cualquier lunes.
Hasta que un día estás en medio del tráfico —ese que odiás con todo tu ser— y de repente sentís que te vas a morir. Tu corazón va a explotar. Se te olvidó respirar. Tu cabeza se nubla. Los pensamientos se vuelven oscuros y fatalistas. Es un ataque de pánico. Y no hay reunión, ni proyecto, ni Instagram que te salve.
Todo se apaga. Y cuando volvés, estás llorando. Estás solo. Y en ese silencio brutal, entre el miedo y el agotamiento, aparece una idea que no pediste: necesito cambiar mi vida.
Te acordás de todas las veces que alguien te dijo que buscaras ayuda. Una herramienta. Una forma diferente de ver las cosas. Lo descartaste siempre. ¿Qué me va a enseñar alguien sobre mi vida?
Pero hoy no tenés la energía para resistirte.
Hoy te hacés otra pregunta: ¿en qué momento creé todo esto?
Y por primera vez, no la dejás sin respuesta.
Porque el factor común de todo lo que te pasa —el estrés, el enojo, la soledad, el ruido— sos vos. Te das cuenta de que sos vos el responsable de la vida que estás viviendo y por consiguiente el que puede hacer algo al respecto.
Quizás ya estés listo para dejar de sentirte víctima de una vida que, sin saberlo, diseñaste vos mismo. Quizás este es el momento de dejar las quejas y tomar acción, de distinguir lo que está en tu control de lo que no, y enfocar tu atención en diseñar la vida que realmente querés vivir — una en la que las cosas externas no determinen tus decisiones y tu valor personal no dependa de lo que tenés o lo que hacés.
Hoy decidís que es suficiente. Que no estás dispuesto a seguir siendo víctima de las circunstancias sino el emperador del imperio de tu mente.
Jorge
Filosofía Estoica
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¿Alguna vez te has enojado tanto con una opinión ajena que te preguntaste cómo es posible que alguien piense así? ¿Cuándo fue la última vez que te sorprendió descubrir que "la mayoría de la gente" piensa completamente diferente a vos y a tu círculo? ¿Y si te dijera que esa indignación, esa sorpresa constante, es una señal de alarma de que estás viviendo en una burbuja más pequeña de lo que creés? La noche de las elecciones presidenciales de 2020, sentado frente a la pantalla mientras los resultados iban apareciendo, sentí algo que no había anticipado: sorpresa genuina. Estaba convencido —completamente convencido— de que era imposible que un pastor evangélico pudiera siquiera acercarse a la presidencia de Costa Rica. Sin embargo, ahí estaban los números: mucho más cerca de lo que cualquiera en mi círculo había imaginado.
Filosofía Estoica
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