Filosofía Estoica

"Tienes la posibilidad de no tener una opinión sobre algo y evitar así la inquietud del alma; las cosas en sí mismas no son tan poderosas como para obligarnos a construir nuestros juicios."_ —Marco Aurelio
Escribir el primer artículo de febrero me ha tomado mucho trabajo, y no es para menos. No he querido apresurarme en opinar, sobre todo luego de una noche intensa de recepción de resultados de una elección presidencial histórica.
Vivir en una burbuja a muchos nos ha retado con algo que para algunos ha sido una mala sorpresa. ¿Pero cómo es posible que la mitad del país haya decidido elegir a la candidata menos apta para su puesto? ¿Cómo es que tantos pueden estar equivocados? ¿Por qué a nadie le importa el futuro del país? ¿Cómo pueden elegir a personas que no son ejemplares para liderarnos de cara al futuro? ¿En qué realidad están viviendo ellos y ellas?
Un cuestionamiento tras otro, una crisis existencial y una realidad que debemos afrontar. ¿Cómo darle sentido?
Las elecciones presidenciales de Costa Rica dejaron un resultado contundente: Laura Fernández obtuvo la victoria con la mayor ventaja electoral de los últimos tiempos. Para muchos, especialmente quienes nos movemos en círculos urbanos y progresistas, el resultado fue desconcertante.
¿Cómo era posible que alguien con una campaña errática, ausencias en debates clave y un estilo populista obtuviera un respaldo tan abrumador? La respuesta incómoda tiene cuatro palabras: vivimos en una burbuja.
Esta no fue la primera vez que la realidad me confrontó con mi desconexión. Cuando Fabricio Alvarado llegó a segunda ronda en elecciones pasadas, sentí el golpe de descubrir que mi Costa Rica no era la Costa Rica de todos. Que fuera de San José, fuera de mi círculo cercano, millones de personas vivían realidades radicalmente distintas a la mía.
Esta vez, sin embargo, llegué preparado. Escuché. No evangelicé. No asumí el rol de portador de la verdad absoluta tratando de convertir a otros a mi ideología.
Y una pregunta de mi hermano iluminó mi perspectiva durante las semanas finales de campaña electoral: "¿Qué están viviendo esas personas que van a votar por Laura?" Si estuvieran pasándola mal, no querrían continuidad. Entonces, ¿qué es pasarla bien para ellos? La respuesta me confrontó con mi privilegio.
Para quienes vivimos sin preocuparnos por el techo o la comida de mañana, es fácil hablar de ideología, democracia, retórica presidencial. Pero para millones, una reducción en el precio de la gasolina significa más plata para comida. Un puente nuevo significa horas ahorradas, más tiempo con la familia, menos cansancio. Pequeñas mejoras que nosotros damos por sentadas son, para ellos, cambios significativos en su calidad de vida y, por ende, una celebración del beneficio que ofreció el gobierno de Chaves.
Lo más desafiante fue aceptar que mi marco ético-político no es universal ni absoluto. Como cualquier otro ser humano, la inclinación natural es tomar mi verdad como la verdad y desde ahí juzgar. Es cómodo, pero es arrogante y es peligroso, porque nos lleva a polarizar en lugar de comprender.
Es importante recordar constantemente que las personas tienen sus razones para hacer lo que hacen: su historia, sus circunstancias, sus emociones, sus aprendizajes. Ya lo dijeron bien los filósofos griegos: "las personas no cometen errores a propósito sino por ignorancia". Del 50% de los votos a favor de Laura Fernández, no todos tomaron su decisión por las mismas razones. Verlo así abre la mente, refresca las conversaciones y nos libera de nuestros sesgos individuales. Y es que una gran incógnita que deberíamos asumir con la mejor actitud es: ¿qué es lo que la mayoría está viendo que yo no? (en caso de que sientas algún tipo de indignación o amenaza por los resultados).
Una persona responsable que se siente inconforme no se queda en el juicio, la etiqueta o la queja. No se refugia en la ilusión de tener la razón mientras acusa a los demás de estar equivocados.
"Los animales huyen de los peligros que tienen en frente y cuando han escapado no se preocupan más. Nosotros, por otro lado, nos atormentamos por lo que ha pasado y lo que ha de pasar… nadie asocia la infelicidad al momento presente." —Séneca
Muchas personas hoy están catastrofizando, creando escenarios apocalípticos sin análisis objetivo. Y entiendo que puedan existir preocupaciones por un futuro que se siente aterrador. Pero aún si ese futuro llegara, quejarnos no es la solución. Lo que corresponde es hacernos cargo de lo que nos toca: gestionar nuestras emociones, ser buenos ciudadanos e involucrarnos activamente si la incomodidad es tanta.
Es que muchas veces no nos damos cuenta de nuestros patrones de pensamiento.
¿Qué implica sentir enojo por el resultado de la elección de la mayoría? Creer que se cometió una injusticia, es decir, que no se cumplió mi expectativa sobre lo que es correcto. Entonces, imaginate lo absurdo que sería que uno de los candidatos que perdieron dijera: "Como sé que ese 50% están equivocados, yo voy a tomar el poder." Eso nos asustaría. Y sin embargo, muchos están cayendo en esa locura sin darse cuenta: creerse dueños de la verdad. Y con esa forma de pensamiento alejándose del espíritu real de la democracia: que cada quién decida con libertad por quién votar.
Pero no es fácil abandonar nuestras perspectivas y, por lo tanto, no es fácil dejar de sentir lo que sentimos. ¿Y qué podemos hacer al respecto?
Una luz para encontrar calma en medio de la catástrofe
Hace casi dos mil años, en un mundo infinitamente más violento, inestable e impredecible que el nuestro, un grupo de filósofos se hizo una pregunta radicalmente práctica: ¿cómo vivir con tranquilidad en medio de una realidad que no controlamos?
No vivían en democracias consolidadas.
No tenían redes de contención social.
No gozaban de estabilidad económica, derechos garantizados ni seguridades modernas.
Vivían en el Imperio Romano: guerras constantes, epidemias, traiciones políticas, exilios forzados, emperadores caprichosos, esclavitud normalizada. La vida podía cambiar —o terminar— de un día para otro.
Y aun así, filósofos como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio no dedicaron su energía a maldecir el destino ni a rumiar cómo deberían haber sido las cosas. Hicieron algo mucho más incómodo pero poderoso: aceptaron que el destino no estaba en su control.
"Si no controlo el resultado, si no controlo a los otros, si no controlo el rumbo de la historia… ¿qué sí está en mi poder?"
La respuesta: mi carácter, mis juicios, mis acciones.
Pero hay que dejar claro que el estoicismo no nace como una filosofía de resignación, sino como una guía psicológica para atravesar la adversidad con calma y sabiduría. No buscaban cambiar el mundo. Buscaban no perderse a sí mismos en el intento.
El estoicismo nos invita a aceptar el destino en retrospectiva. Lo que pasó tenía que pasar. No hay marcha atrás.
Quejarnos o añorar algo que ya no existe es infantil. La tristeza puede aparecer, es humana, pero no hemos perdido nada realmente. Simplemente las cosas no salieron como queríamos.
El problema de aferrarnos a este tipo de marcos rígidos es que generamos enojo y resentimiento que nos separa y nos limita. Como decía Marco Aurelio, "vamos a encontrarnos con ingratos, egoístas, personas que se equivocan por ignorancia. Enojarnos con ellos es tan mezquino como aquello que juzgamos. Somos partes del mismo todo, tan necesarios como los dientes de arriba con los de abajo."
Como dice el mantra popular, "el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional". Quedarnos rumiando nos crea problemas imaginarios y nos impide interactuar sanamente con la realidad. El verdadero riesgo no es el resultado electoral en sí, sino nuestra reacción emocional cuando no lo aceptamos.
Las cartas están echadas. Quejarte no sirve. Enojarte tampoco. Vivimos en una democracia y eso implica aceptar que otros elijan distinto a nosotros. Pero cuando es la mayoría, la pregunta no es "¿cómo se equivocaron?" sino ¿qué no estás viendo vos? ¿Qué se te escapó?
Es momento de reconocer que estás en una burbuja, reforzada por tus círculos y por las redes sociales que te muestran solo lo que confirma tus creencias. Y eso puede ser más aterrador que aquello que temés como futuro. Abrite a la curiosidad, a la humildad, a recordar que no lo sabés todo.
Tranquilidad de cara al futuro
Como un estoico, amar el destino sin resignación ni mediocridad, sino más bien aceptando lo que pasó para hacer lo mejor posible con lo que sigue. Es actuando desde nuestra esfera de poder que sobrepasamos cualquier forma de sufrimiento o nihilismo y más bien conectamos con nuestra responsabilidad.
Amar el destino para un costarricense es valorar el privilegio de haber nacido y vivir en nuestro país. Ayer, en la Fuente de la Hispanidad, vi gente de diferentes banderas políticas celebrando juntos. Sin violencia, sin odio, solo celebrando la democracia. Hace mucho no veíamos tanta gente en las calles, pitando, ondeando banderas, participando. Fue memorable. Un acto de celebración democrática que debemos valorar.
Agradecé que vivís en un país democrático, sin ejército, con una cultura profundamente pacífica. Pensalo bien: ¿qué otro país está mejor para vivir que Costa Rica?
Es momento de agradecer, aceptar y vivir con responsabilidad lo que nos tocó. Esa es la invitación. No desde la derrota, sino desde la dignidad de quien entiende que el control está en cómo respondemos, no en cambiar lo que ya fue. Las elecciones terminaron. La vida continúa. Y nuestra responsabilidad es participar en ella con lucidez, empatía y compromiso.
Decía Epicteto: "Dejá de esperar que las cosas pasen como vos querés que pasen y más bien deseá que pasen como tengan que pasar y encontrarás paz". Es momento de soltar expectativas, de dejar de acumular resentimientos, de dejar de cargar con anhelos del pasado y recordar que la vida es una, que la vida es esta que ocurre en este preciso momento, en este pequeño rincón del universo.
Jorge

Mentalidad
Lo que te decís sobre los demás está construyendo tu experiencia emocional
Hace poco tuve una sesión con un cliente que llegó con una situación que muchos vamos a reconocer. Ama su trabajo. Lo ha amado durante años. Y de un tiempo para acá, todo se le había vuelto pesado. Un nuevo miembro del equipo cambió la dinámica y, según él, parecía estar haciéndole la vida imposible. Lo dejaba mal en reuniones, hablaba con sus reportes a sus espaldas, lo señalaba en foros frente a otras personas. Me buscó porque quería cambiar su experiencia emocional. Quería ser retado, dejar de sufrir, y soltar cualquier tinte de víctima que estuviera cargando. Eso me lo dijo casi al inicio de la conversación, y eso, para mí, ya era media batalla ganada. Cuando alguien llega así, con esa lucidez sobre lo que le está pasando y con ganas de incomodarse para cambiarlo, ya va ganando.

Comunicacion
La verdad sobre la comunicación no verbal: la habilidad para leer a otros
En los años sesenta, Ekman viajó a culturas remotas —entre ellas los fore de Papúa Nueva Guinea— y concluyó que existen seis emociones básicas universales, cada una con una expresión facial distintiva y reconocible en cualquier parte del mundo. Y su teoría se volvió consenso académico durante décadas. Pero su verdadero impacto fue más que solo académico. Ekman llegó a entrenar a agentes del FBI, de la CIA y de seguridad aeroportuaria. Quizás el caso más emblemático es el programa SPOT(Screening of Passengers by Observation) del TSA(Transportation Security Administration) estadounidense, desplegado en 2007 en aeropuertos de todo el país para identificar potenciales terroristas a partir de expresiones faciales y microcomportamientos. Este mismo programa inspiró los formatos televisivos tipo Alerta Aeropuerto.

Emociones
Todo lo que las emociones pueden ser si dejás de ignorarlas
¿Cuántas decisiones importantes de tu vida tomaste vos, y cuántas las tomó una emoción que nunca cuestionaste? ¿Y si lo que llamás "así soy yo" es simplemente un patrón que aprendiste y nunca revisaste? Hay algo que me tomó años reconocer: durante mucho tiempo, las emociones para mí eran una idea que me costaba mucho experimentar— racionalmente sabía que eran importantes, que decían algo sobre mí, que valía la pena escucharlas. Pero en la práctica, las ignoraba. Les restaba peso, les restaba interés inconscientemente. Construí sin darme cuenta un patrón de evitativo hacia mi propio mundo interno. Tanto hacia lo agradable como hacia lo que dolía.









