Mentalidad
"Pensá de cada problema como un oponente joven y fuerte a quien Dios, como si fuera un entrenador, te ha asignado para convertirte en material de clase olímpica." —Epicteto
No elegimos nacer. Mucho menos elegimos el momento histórico que nos tocó vivir. Una pandemia que reordenó todo, cambios que se aceleran sin pausa, crisis económicas, incertidumbre constante. A esto se suman los retos personales que cada uno carga —esos que nadie más ve, pero pesan— y que nos obligan a buscar recursos internos que muchas veces ni sabíamos que teníamos.
En este contexto, asumir el liderazgo no es una opción romántica ni un lujo reservado para unos pocos. Es una necesidad. Porque liderar no es un asunto del destino, sino una forma de vivir una vida digna y con sentido. Liderar implica hacernos cargo de lo que nos corresponde. Y ese camino empieza por nuestra esfera de poder: autoliderarnos.
Frente a la vida, tenemos dos caminos. Podemos intentar esquivar la dificultad, buscar el atajo cómodo, esperar que las cosas se acomoden solas. O podemos hacer lo que hizo Hércules cuando se encontró con Kakia y Areté. Kakia le ofreció el camino fácil, cómodo y placentero. Areté, en cambio, le ofreció un camino difícil, sin promesas inmediatas, salvo la gloria que se gana al recorrerlo y el crecimiento que surge del esfuerzo.
Podemos elegir el camino fácil y toparnos con decepciones que nos debilitan, o asumir la vida como un campo de entrenamiento que nos transforma. Hércules atendió el llamado de Areté y emprendió el camino de los doce trabajos. Al final muere, y Zeus, conmovido por su esfuerzo, le concede la condición de semidiós. Ese mito sigue siendo un espejo preciso de nuestra relación con el mundo.
No controlamos los eventos externos ni lo que nos sucede, pero sí nuestra actitud frente a la vida. Porque de eso se trata: de entender que la vida no es un problema que hay que evitar, sino un espacio donde nos fortalecemos. Y cuando cambiás ese filtro mental, todo cambia. El mismo evento vivido desde “esto me pasa” te debilita; vivido desde “esto me entrena” te fortalece.
Nuestro cerebro envía comandos al sistema nervioso según cómo interpretamos lo que ocurre. La mente enfoca la atención desde distintos filtros —la mayoría inconscientes— formados a partir de experiencias pasadas, relaciones, modelos y momentos que, desde nuestra ignorancia infantil, nos marcaron profundamente. Así construimos una versión subjetiva de la realidad que a veces funciona… y a veces no.
Cuando decidís ver el mundo como un campo de entrenamiento, cambiás por completo el set de reglas internas: expectativas, permisos, límites y la forma en que te experimentás a vos mismo. Esto no ocurre por repetir frases bonitas, sino por una práctica concreta: hacer una pausa, respirar, dejar de preguntar “¿por qué a mí?” y empezar a preguntarte “¿qué es lo mejor que puedo hacer con los recursos que tengo ahora?”. Aceptar las cosas como son y preguntarte: “¿qué voy a hacer al respecto?, ¿cuál es mi siguiente mejor paso?”.
Acá vale la pena hacer una distinción fundamental: responsabilidad no es culpa. La culpa nos quita poder. Vive en el pasado, en el reproche constante por lo que no hicimos bien o por cómo “deberíamos” haber actuado —según estándares que muchas veces ni siquiera son nuestros—. Nos lleva a rumiar como si hubiéramos fallado de manera intencional.
La responsabilidad, en cambio, mira hacia el futuro. Nos devuelve la posibilidad de actuar. Implica aceptar resultados, errores y consecuencias, pero movernos desde ahí. Cuando asumimos responsabilidad, cambia por completo nuestra relación con el mundo y nuestra experiencia emocional cotidiana.
Ver la vida como un campo de entrenamiento implica, entonces, asumir la responsabilidad que nos corresponde y aceptar radicalmente lo que no está en nuestro control para tomar el timón de nuestra vida. Epicteto nos dejó este recordatorio hace siglos: “Deja de esperar que las cosas pasen como vos querés que pasen y deseá que pasen como tengan que pasar; así encontrarás paz.”
Hoy sabemos que las emociones son el resultado de contrastar expectativa con realidad. Nuestro cerebro predice constantemente como mecanismo de supervivencia y ahorro de energía. Muchas de esas predicciones se convierten en ideas rígidas sobre cómo “deberían” funcionar las cosas, olvidándonos de que el mundo no gira a nuestro alrededor.
No controlamos los pensamientos automáticos ni las emociones que emergen. Son parte del sistema. Pero esos pensamientos son solo ideas y, si logramos observarlas, podemos actualizarlas. Las emociones, vistas como información, nos muestran qué expectativas estamos sosteniendo y qué necesidades están insatisfechas. Podemos preguntarnos: “¿Qué tiene que ser cierto en mi mundo para que yo sienta lo que siento?”. Y desde esa conciencia, hacernos cargo de lo que nos corresponde.
Autoliderarnos no es imponer ni controlar todo. Es aceptar y abrazar lo que está en nuestro control y aceptar radicalmente lo que no. Nuestra esfera de poder incluye nuestros pensamientos, emociones, palabras y acciones. Hacernos cargo de ellas es nuestra responsabilidad, no para reprimir, sino para entendernos y actualizarnos.
El antiguo llamado del oráculo de Delfos —“Conócete a vos mismo”— sigue siendo el mejor punto de partida. Liderarnos empieza en lo cotidiano: hacer cosas nuevas para enriquecer la información del cerebro, enfocarnos en una sola cosa, distinguir lo que podemos controlar de lo que no, observar los pensamientos y recordar que no somos ellos. Pequeños pasos diarios nos entrenan para responder mejor a lo que el destino traiga.
Si no asumimos nuestro liderazgo, nos convertimos en víctimas de lo que sucede. Nos debilitamos, no descubrimos nuestro potencial y terminamos siendo títeres de lo externo. Pero si lo asumimos, impactamos el mundo con congruencia.
Entonces, la pregunta correcta no es si un líder nace o se hace, sino si estás dispuesto a asumir el llamado del liderazgo y construir, momento a momento, la vida que querés vivir.
Jorge
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