Mentalidad

Alguna vez te has quedado callado cuando querías hablar, reaccionado cuando querías mantenerte en calma, o sentido bloqueado justo cuando más claridad necesitabas? ¿Te has preguntado de dónde viene eso?
La respuesta no está en lo que te pasa, sino en la capa invisible de pensamiento que está dirigiendo el show sin que te des cuenta.
“Una emoción es la creación que hace tu cerebro del significado de tus sensaciones corporales, en relación con lo que está ocurriendo a tu alrededor en el mundo.” —Lisa Feldman Barrett
Si tuviera que resumir mi misión en una sola frase, sería esta: recordarte que tenés el poder de pensar sobre lo que pensás. Y no, no es un juego de palabras. Es la diferencia entre vivir en piloto automático y tomar las riendas de tu experiencia.
Nuestro cerebro, ese órgano brillante y primitivo a la vez, tiene un mecanismo de predicción diseñado para sobrevivir, no para hacernos florecer. Basado en lo que ya conocemos, interpreta lo que tenemos enfrente sin gastar demasiada energía. Con los años, vamos acumulando entendimientos sobre cómo funcionan las cosas, creando un modelo del mundo según nuestra experiencia subjetiva. Y sin darnos cuenta, operamos desde capas de pensamiento que ni siquiera sabemos que están ahí.
Algunas de esas capas son útiles. Otras, limitantes. El problema es que cuando no nos damos cuenta de que existen, se sienten tan reales que las confundimos con la verdad absoluta. Y ahí es donde nos quedamos atrapados.
La Capa Que Te Gobierna
Pensá en esto: ¿por qué algunas personas fluyen frente al público mientras otras se sienten paralizadas? No es talento. Son marcos mentales diferentes. Si creés que el público es amenazante o que tu valor depende de su aprobación, tu sistema nervioso va a responder en consecuencia. Pero si entendés que el público son personas a las que querés impactar positivamente, tus recursos para actuar cambian.
Tus comportamientos, tu manera de comunicarte, lo que sentís al hacerlo, todo es feedback de lo que habita en tu mente. Y la única forma de cambiar la experiencia es darte cuenta de qué es eso que está ahí, provocándola.
“Todo cambia cuando nos identificamos con ser el testigo de la historia, en lugar de ser el actor dentro de ella.” —Ram Dass
Uno de los marcos más limitantes es el de identidad. Cuando decís "yo soy rumiador", "yo soy tímido", "yo soy intenso", estás haciendo declaraciones rígidas que te dan reglas y prohibiciones para vivir. No estás separando el ser del hacer. Y ahí te quedás repitiendo un patrón que ni siquiera elegiste conscientemente.
De Rumiar a Reflexionar
Debemos entender la diferencia entre rumiar y reflexionar. Rumiar es ese tren de pensamientos automáticos que te abruman, esas preguntas sin respuesta que te hacés una y otra vez: ¿por qué a mí?, ¿qué pasaría si...? Es la sensación de que tu cabeza no se calla nunca.
Reflexionar, en cambio, es distinguir cuándo un pensamiento es intencional y cuándo simplemente llegó sin tu voluntad. Es estar en paz con vos mismo. Es disfrutar del momento presente porque estás ahí, completamente.
Y para llegar a la reflexión, necesitás desarrollar el hábito de la presencia— enfocarte en el aquí y el ahora. No hay atajos místicos. Es eliminar distracciones, hacer una sola cosa a la vez, poner un cronómetro si hace falta. Es estar completamente presente cuando comés, cuando te bañás, cuando hablás con alguien. Así entrenás el músculo de la atención y te das cuenta cuando llega un pensamiento que no elegiste. Y entonces, podés reflexionar— pensar sobre lo que pensás.
El Costo de No Pensar
¿Cómo pretendés tener una buena calidad de vida, liderar a otros, tener relaciones sanas, si no te sentís cómodo con vos mismo? Para actuar con autenticidad, tenés que conocerte. Y conocerse implica darse cuenta de la experiencia completa de mente y cuerpo.
El cerebro es moldeable según tus hábitos de pensamiento y comportamiento. Eso significa que hoy tenés la oportunidad de cambiar lo necesario para alinearte con tu versión ideal. No desde la neurosis de "tengo que ser perfecto", sino desde el potencial de "puedo actualizar lo que ya no me sirve".
Liberarte de ideas heredadas, expectativas sociales y marcos nunca cuestionados es empezar a vivir una vida plenamente humana. No hacerlo tiene un costo enorme: desgaste, repetir los mismos patrones en pareja, reactividad, queja constante, leer mil libros e ir a terapia y sentir que nada cambia.
Es hora de entrenar tu Superpoder
Si has logrado cosas a nivel profesional, si tu vida está "bien" pero no extraordinariamente bien, te recuerdo que el camino para vivir una vida increíble comienza por hacerte cargo de lo que está en tu poder.
Y lo que está en tu poder es lo que pensás, sentís, hablás y actuás. Todo lo que hacés frente al mundo depende de la calidad de tus pensamientos.
Rumiar no es pensar. Es un mecanismo automático de supervivencia. Pensar sobre lo que pensamos es el superpoder que te puede ayudar a alinearte, con intención y disciplina, a vivir la vida que realmente querés vivir.
No se trata de controlar cada pensamiento. Se trata de darte cuenta de qué te está gobernando y decidir si querés seguir ahí o actualizar. De elevarte por encima de la capa automática y observar con conciencia. De liberarte de patrones que no elegiste y construir marcos que te lleven hacia donde realmente querés ir.
Eliminá distracciones. Hacé una cosa a la vez. Aprendé a observar los procesos mentales de tu mente y separarte de ellos. Recordá que vos no sos tus pensamientos.
Ese es tu poder. Y siempre estuvo ahí.
Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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Opinar es Gratis
Recuerdo una época en la que el conflicto me paralizaba. Quería tener una voz y no sabía cómo expresarla. Admiraba a aquellos que escribían columnas. Recuerdo a Diego Delfino desde tiempos de 89 decibeles escribiendo y ofreciendo su posición con contundencia. Me encantaba la idea de tener conversaciones y ofrecer diferentes puntos de vista y ayudar a otro a ver algo que no había visto, pero había una parte de mí que no había entendido: que el lenguaje era imperfecto y que no se trataba de ganar o perder. Y justamente eso hizo que antes me fuera prácticamente imposible sentirme seguro al comunicarme. Por mucho tiempo pasé asqueado y con tremenda aversión a la cultura digital de opiniones superficiales, sesgadas, acaloradas y amarillistas. Simplemente siendo parte del cóctel de la popularidad para generar roncha, obtener likes y encontrar validación a través de una posición que dejaba a otro en falta o en ridículo: una réplica absurda de lo que vemos en el mundo político, quizás.

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¿Y qué es lo mejor que puedo hacer al respecto?
En el 2014, siendo gerente en una empresa de telecomunicaciones, con un equipo a cargo y mi primer matrimonio (el cual no duró demasiado), me encontraba constantemente con situaciones en las que no lograba transmitir mis ideas ni en la oficina ni en mi casa. No sabía dar feedback, no sabía expresar mi opinión, le huía a cualquier conversación incómoda con tal de, según yo, "llevar la fiesta en paz". El resultado era todo lo contrario. Sentía que cada cierto tiempo me reventaba una bomba en la cara. Y era sumamente frustrante. Ese año tomé una decisión que en el momento no parecía gran cosa. Dejé de quejarme de los otros y empecé a preguntarme qué podía hacer yo. Qué puedo hacer yo para que esto sea diferente. Qué puedo hacer yo para mejorar mis habilidades. Qué puedo hacer yo para influir en el cambio de mi propia vida. Con esas inquietudes empecé a formarme en coaching ejecutivo, neurociencias aplicadas y crecimiento personal, mientras seguía de día en el mundo de la ingeniería y la tecnología.

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El peligro de sentirnos obligados a opinar sobre todo
La idea de la estupidez se diferencia fundamentalmente de la ignorancia: un estado que, cuando se reconoce, puede convertirse en una virtud. Responder "yo no sé" es muy diferente a "no me importa y no quiero saberlo". Porque esto último estaría entrando en el mundo de la estupidez. La teoría sobre la estupidez y su peligro para la sociedad fue propuesta y desarrollada de manera profunda por el teólogo y filósofo alemán Dietrich Bonhoeffer en cartas y diarios escritos desde su celda de prisión en 1943, mientras participaba en la resistencia contra el régimen nazi. Bonhoeffer planteó la idea de que la estupidez es una amenaza para la civilización mucho mayor que la maldad misma. Para comprender su propuesta, es necesario diferenciar la estupidez de otros conceptos afines.


