Mentalidad
¿Alguna vez te has enojado tanto con una opinión ajena que te preguntaste cómo es posible que alguien piense así?
¿Cuándo fue la última vez que te sorprendió descubrir que "la mayoría de la gente" piensa completamente diferente a vos y a tu círculo?
¿Y si te dijera que esa indignación, esa sorpresa constante, es una señal de alarma de que estás viviendo en una burbuja más pequeña de lo que creés?
La noche de las elecciones presidenciales de 2020, sentado frente a la pantalla mientras los resultados iban apareciendo, sentí algo que no había anticipado: sorpresa genuina. Estaba convencido —completamente convencido— de que era imposible que un pastor evangélico pudiera siquiera acercarse a la presidencia de Costa Rica. Sin embargo, ahí estaban los números: mucho más cerca de lo que cualquiera en mi círculo había imaginado.
No era solo que yo hubiera calculado mal. Era que todos a mi alrededor habían calculado mal. Mis amigos, mis colegas, las conversaciones en zoom durante la pandemia, los chats de WhatsApp, mis redes sociales. Todos compartíamos la misma certeza. La misma ceguera.
En la noche de los resultados, me di cuenta de algo realmente incómodo: yo había construido sin saberlo un búnker ideológico. Un silo. Y la pandemia lo había hecho más pequeño, más denso, más hermético.
¿Te ha pasado? Quizás fue en las últimas elecciones. Quizás fue cuando tu familia extendida opinó sobre algún tema sensible en una cena navideña y no podías creer lo que estabas escuchando. O tal vez fue cuando comentaste algo que te parecía de sentido común en redes sociales y te llovieron respuestas que nunca imaginaste.
Esa sorpresa, ese "¿cómo es posible que piensen así?", suele ser la primera señal de que has estado viviendo en un silo.
El silo: una cárcel cómoda
El silo es un mecanismo de polarización sutil pero devastador. No es solo estar rodeado de gente que piensa parecido —eso es inevitable—. El problema surge cuando esa burbuja se vuelve hermética, cuando cualquier voz disidente se convierte en ruido molesto que preferimos silenciar.
Y lo peor es que el silo en un principio se siente seguro, cómodo, validante. Hasta que aparece un comentario (como me pasó a mí hace poco) en redes sociales: "Ponés un montón de frases pedorras que no sirven para nada". Gracioso, sí. Me mató de la risa. Pero también me dió una dosis de humildad. Hay personas que no resuenan con lo que digo, que tienen otras prioridades. Y están en todo su derecho.
El dolor silencioso de la polarización
¿Qué le pasa emocionalmente a alguien que vive demasiado tiempo dentro de un silo? Se enoja. Constantemente.
El enojo se vuelve la emoción dominante porque proviene de un lugar de superioridad moral. Decidimos —consciente o inconscientemente— qué es lo correcto, y cualquier cosa que desafíe nuestros valores se convierte automáticamente en lo incorrecto, lo malo, lo menos.
Esa indignación acumulada genera indignación y resentimiento. El resentimiento nos aísla aún más. Empezamos a operar desde la supervivencia, viendo cualquier opinión diferente como amenaza directa. Cuando la realidad contradice nuestras expectativas, entonces se vuelve más fácil etiquetar, cancelar o "funar", que cuestionar nuestras certezas.
Lo vi cuando personas tomaron partido automático en guerras lejanas sin considerar el contexto histórico; Ucrania-Rusia, Israel-Palestina. Cuando otros se opusieron a la captura de Maduro solo porque la lideró Trump, sin pensar en el pueblo venezolano. Y cuando alguien se indigna porque la mayoría votó diferente, tachando a los otros con etiquetas despectivas.
Deshumanizamos. Y al deshumanizar, perdemos la capacidad de conectar.
¿Qué harían los estoicos ante este fenómeno?
Para ellos, toda experiencia humana es producto de una interpretación. Y no podemos controlar las interpretaciones de los demás, solo las nuestras. Prestar demasiada atención a lo que está fuera de nuestro control nos aleja de la tranquilidad necesaria para tener claridad para pensar con sabiduría y actuar con justicia.
Los estoicos nos invitaban a elevarnos por encima de vivir apasionadamente las cosas hasta perder perspectiva. Para esto, practicaban contemplar su posición contrastándola con el gran esquema: el mundo, el universo, la historia completa de la humanidad. ¿Qué significa esto que está pasando en relación a: la historia, el mundo, el universo...? Esta práctica les permitía valorar mejor la importancia real de lo que se siente intenso en un momento específico.
Por esta perspectiva "global" y la consciencia social de reconocernos esenciales los unos para los otros, ellos se veían a sí mismos como cosmopolitas: ciudadanos del mundo. No de un pueblo contra otro, ni de una ideología contra otra. Del todo. Procurando vivir al máximo nuestra naturaleza social.
Marco Aurelio, el emperador filósofo, lo expresaba con una metáfora poderosa: "Lo que es bueno para la colmena es bueno para la abeja", meditando sobre alejarnos de la individualidad extrema y pensar en el bien mayor.
Y practicaban la aceptación radical del pasado —lo que ya ocurrió— no para resignarse, sino para preguntarse: "De acuerdo a lo que tengo, ¿qué sigue? ¿Qué es lo mejor que puedo hacer?"
La salida: curiosidad, humildad y "su razón"
Romper el silo empieza con una actitud: curiosidad genuina por el mundo del otro. Por su historia. Por su razón. Porque las personas no tienen LA razón —esa verdad única e inamovible—. Tienen SU razón para sentir, pensar, necesitar y decidir lo que deciden.
Cuando bajamos nuestros prejuicios, callamos nuestras historias internas y escuchamos de verdad, accedemos al mundo del otro. Y ahí ocurre la magia de la comunicación: poner en común. Recordar lo que significa ser humano.
Romper el silo, implica exponerte a lo incómodo: leer libros que reten tu visión, buscar interacciones en contextos diferentes, tener conversaciones humildes con quienes piensan distinto. Retarte a escuchar antes de hablar.
No se trata de renunciar a tus valores ni relativizar todo. Se trata de enriquecer tu perspectiva.
Y aquí la sabiduría estoica se vuelve práctica: mantener la calma te permite preguntarte por el bien mayor. No podemos dar lo que no tenemos. Si operamos desde el enojo, solo generaremos más división. Pero si entramos a una conversación no para ganar o perder, sino para construir, surgen ideas y relaciones que agregan valor real a tu vida.
El momento de elegir
El silo es una elección cómoda que nos mantiene seguros a costa de una perspectiva enriquecida. Darte la oportunidad de ampliar tu versión de la realidad es fundamental para vivir una vida plenamente humana.
Cuando entramos a una conversación como ganar o perder, todos perdemos. Pero cuando entramos a construir, todos ganamos.
Eso sí. No todas las conversaciones valen la pena. Si no hay cercanía, si no existe la posibilidad de acercarte desde la humanidad del otro, quizás no valga el desgaste. Especialmente en público o redes sociales. Pero con un café, buena disposición y privacidad, hay apertura para ir más allá del tema que nos separa.
La pregunta entonces no es si vas a encontrar opiniones que te desafíen. La pregunta es: ¿cuándo vas a comenzar?
Critón le dijo una vez a Sócrates algo que me inspira profundamente:
"Amigo mío, tienes un talento único para plantear las preguntas más cruciales, las que todo el mundo suele ignorar. Aunque a menudo salgo de tu presencia sintiéndome confuso y parece que nunca llegamos a las respuestas que buscamos, con el paso del tiempo he llegado a creer que este viaje estimulado por tus hábiles preguntas ha sido más valioso para mí que cualquier conferencia a la que haya asistido o cualquier libro que haya leído."
Para mí, de eso se trata. Hacer buenas preguntas, no aleccionar. Preguntas que nos inviten a descubrir el mundo interno de la otra persona.
Para esto, necesitamos estar presentes en mente y cuerpo. Saber escuchar para entender, no para cambiar la mente del otro, sino genuinamente interesarnos por lo que no sabemos: qué piensa, qué siente, cuál es su historia, qué le motiva, qué le preocupa, qué necesita.
¿Qué sabe él que yo no sé?
Quedarte en tu silo, te limita. Pero respirar hondo, recordar que eres ciudadano del mundo y preguntar con humildad: "Contáme, ¿cómo llegaste a esa perspectiva?", es el primer paso para accesar a un universo de conocimiento y buenas relaciones.
Jorge
Mentalidad
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Filosofía Estoica
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Escribir el primer artículo de febrero me ha tomado mucho trabajo, y no es para menos. No he querido apresurarme en opinar, sobre todo luego de una noche intensa de recepción de resultados de una elección presidencial histórica. Vivir en una burbuja a muchos nos ha retado con algo que para algunos ha sido una mala sorpresa. ¿Pero cómo es posible que la mitad del país haya decidido elegir a la candidata menos apta para su puesto? ¿Cómo es que tantos pueden estar equivocados? ¿Por qué a nadie le importa el futuro del país? ¿Cómo pueden elegir a personas que no son ejemplares para liderarnos de cara al futuro? ¿En qué realidad están viviendo ellos y ellas? Un cuestionamiento tras otro, una crisis existencial y una realidad que debemos afrontar. ¿Cómo darle sentido?
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