Mentalidad

"Ten presente en tus ataques de ira. Que no es digna de un hombre, sino más bien la dulzura y la serenidad que a la vez humanas, son virtudes varoniles que infunden a quien las posee más fuerza, más coraje y valor que al que se impacienta y maldice" —Marco Aurelio, XI.18
Hace tiempo vengo escuchando conversaciones que giran en torno a la preocupación por los hombres en la actualidad. Una amiga que me dice que ya no encuentra hombres que sostengan una conversación profunda. Un cliente frustrado que me confiesa, después de tres sesiones, que no sabe quién es fuera del trabajo. Una madre preocupada que me cuenta que su hijo de veinticinco años lleva dos años encerrado en el cuarto. Una mujer me dice con culpa, que está cansada de ser la que organiza todo, la que sostiene, la que toma decisiones también en su casa y, su esposo que dice que no sabe qué le toca hacer, que cualquier cosa que diga o haga está mal. Mis clientas, profesionales que escalaron a lo más alto en sus carreras, me dicen que ahora que quieren tener pareja, formar familia, se encuentran con que es el único ámbito en el que no tienen éxito. Ya no hay hombres. Ya no encontramos hombres que valgan la pena.
Lo que escucho constantemente, lo que veo en distintas partes, mis estudiantes lo mencionan en las conversaciones sociales, mis clientes lo traen a sesión: esa sensación generalizada de que los hombres estamos perdidos. El tema ha estado tan presente en los últimos años que Allan Fernández y yo terminamos dedicándole tres episodios oficiales y todavía queda uno por estrenar en Habladas Filosóficas. También me invitó Johanna Villalobos a su podcast para conversar sobre la pregunta: ¿por qué ya no hay hombres disponibles para tener relaciones de pareja? Por eso decidí escribir. Porque lo que me preocupa no son las preguntas sino conformarnos con ello como si fuera la realidad que nos toca.
Vengo a proponer algo que quizás incomode en un principio, pero que estoy intentando observar desde la rigurosidad filosófica y científica. La sociedad ha relativizado tanto las diferencias entre las personas, "todos somos iguales" que terminó disolviendo lo que significa ser hombre hoy. Y esto tiene consecuencias para todos y todas. Hoy todas las personas estamos confundidos, pero sobre todo en cuanto a "¿qué debemos tomar?".
Cuando hablo de relativización no me refiero a la igualdad de derechos. Me refiero a la confusión que surgió al empezamos a tratar como sinónimos ser iguales y ser lo mismo. O sea, compartimos un tiempo histórico, una sociedad, preocupaciones comunes pero también somos diferentes. La científica Debra Soh, que dedicó once años a la investigación académica en neurociencia del sexo y el género, sostiene que aunque ningún cerebro individual se puede clasificar de forma estricta como masculino o femenino, las diferencias promedio entre ambos sí existen, y borrarlas del lenguaje no las hace desaparecer de la realidad biológica.
En el mundo que yo imagino, esas diferencias nos vuelven complementarios. No se ignoran, se reconocen, se aceptan y se toman en cuenta. Como lo que Daniel Siegel llamaría integración: la conexión entre partes que se diferencian y se vinculan al mismo tiempo. Sin diferenciación no hay integración y cuando no hay integración terminamos en situaciones de caos o rigidez. Interesantemente, Siegel propone la integración como el estado esencial para el bienestar.
El origen y situación actual
Hace unas décadas atrás, preguntarnos: ¿Qué significa ser hombre?, era algo prácticamente impensable. Pero hoy, parece ser un tema necesario para avanzar.
Ok, comprendamos la situación actual en relación al contexto. En 1848, en Seneca Falls, cientos de mujeres firmaron la Declaración de Sentimientos protestando contra leyes que daban al hombre el poder de castigar a su esposa, tomar el salario que ella ganaba, quedarse con sus hijos en caso de separación. Obviamente una situación atroz y terrible de la que debíamos alejarnos. Esa era la figura del patriarca que debía desaparecer: el hombre como autoridad legal indiscutida. Esa autoridad absoluta que oprimía a todos aquellos que no gozaran del privilegio.
En 1963, Betty Friedan publicó La mística de la feminidad y dio inicio a la segunda ola, que se extendió hasta los años ochenta. Las mujeres tomaron un espacio que necesitaban tomar. Más de sesenta años después, muchos hombres quedamos como niños perdidos en medio de una multitud, sin saber para dónde agarrar.
Quiero aclarar que el problema no es el espacio que se ganaron las mujeres, no lo creo así. El problema es el marco mental con el que muchos hombres se quedaron: que ser hombre es algo malo, que lo masculino no es virtuoso, que expresar nuestra naturaleza es vergonzoso. Confundimos las diferencias que nos hacen complementarios con el machismo del que con toda razón nos alejamos. Y esto es lo que nos está limitando.
Un hombre que cree que no está bien tal como es, que para ser querido tiene que convertirse en lo que cree que otros esperan que sea, que esconde sus necesidades, evita el conflicto, complace para no incomodar. Termina frustrado, confundido, resentido y disfuncional en la sociedad. La solución no es volverse un patán sino reconocer sus necesidades como legítimas, poner límites sin culpa, recuperar su poder personal sin pedir disculpas por su masculinidad.
Los datos detrás de la intuición
Los datos confirman lo que estuve sospechando intuitivamente. El investigador Richard Reeves, lo documentó en Of Boys and Men. Según datos de investigaciones en Estados Unidos, en 1972 los hombres tenían trece puntos más de probabilidad que las mujeres de graduarse de universidad.Hoy las mujeres tienen quince puntos más.
La brecha educativa se invirtió y se ensanchó. Uno de cada tres hombres con solo educación secundaria está fuera de la fuerza laboral. Actualmente, en escuelas primarias y secundarias de todo el mundo, las niñas están dejando atrás a los niños.
Las niñas están aproximadamente un año adelante de los niños en lectura en países de la OCDE. Los niños tienen 50% más de probabilidad que las niñas de fracasar en las tres materias clave: matemáticas, lectura y ciencia.
Los hombres representan tres de cada cuatro suicidios. Cerca del quince por ciento dice no tener amigos.
Uno de cada cinco padres no vive con sus hijos.
Reeves dice algo que me parece clave: el malestar masculino es un problema estructural que rara vez se trata como tal. El rol cultural del proveedor familiar fue eliminado, y nadie ofreció algo en su lugar. No hubo una guía para lidiar con las consecuencias de no tener claro un mejor camino.
El hombre integrado
En Behave, Robert Sapolsky propone que la testosterona —hormona altamente presente en los hombres— no es el causante de la agresividad sino más bien de la búsqueda de estatus. Si la sociedad premia con estatus al macho agresivo, la testosterona va a impulsar ese instinto, pero si la sociedad premia empatía y servicio, el macho con más testosterona se va a ver inclinado a demostrar estos atributos. Lo que significa ser hombre es también una construcción que podemos crear en conjunto—es cultural.
Por otro lado, David Deida, habla de cualidades masculinas y femeninas que todos los seres humanos tenemos en diferentes proporciones. Estructura, dirección, capacidad de defender y construir, pueden también alinearse con belleza, movimiento, cuidado, emoción.
Un hombre integrado no elimina lo que tiene de masculino para ser aceptado sino que aprende a conectar con su sensibilidad, su capacidad de escuchar, y su disposición a pedir ayuda. Deida, propone la fusión de dos cualidades que la cultura suele separar: un hombre con propósito, confianza y dirección, viviendo con integridad y humor, y al mismo tiempo sensible, espontáneo y espiritualmente vivo. Es decir, no el macho duro que no demuestra sus emociones y tampoco el complaciente sin un norte definido.
Un hombre integrado. Es decir, una persona con tranquilidad en medio del caos. Que resuelve conflictos con lógica y empatía. Cuida a otros, a veces los pone primero porque entiende el beneficio de la mayoría. Sabe qué persigue y lidera convenciendo. Acompaña a su pareja en momentos críticos, da su punto de vista, expone sus necesidades y escucha las de ella. Con sus hijos asume la responsabilidad del ejemplo, los acompaña con curiosidad y disciplina. Cuando el destino lo sorprende, no se queda atrapado en la frustración, sigue avanzando. Y se rodea de un círculo social que le da soporte.
Nada de esto se construye solo con introspección. Sentarse a preguntarse quién soy, qué valoro, qué me importa, no es suficiente pues la integración exige acción. Auto-evaluarse al despertar: qué tan satisfecho estoy con mi vida, mis relaciones, mis logros. Revisar las personas de las que se rodea y la calidad de los hábitos que tiene. Hacer ejercicio. Alimentarse bien. Tener hobbies que energicen. Buscar espacios de conversación significativa. Tener la disposición a ver otro punto de vista. Y cuando sea necesario, buscar a un profesional que rete y devuelva información sobre los patrones que limitan.
Caminar a la integración
"No te preguntes qué necesita el mundo. Preguntate qué te hace sentir vivo, y hacelo. Porque lo que el mundo necesita es más personas que se sientan vivas."—Howard Thurman
No nos imaginamos que discutir nuestra identidad como hombres fuera un tema de interés en algún momento. Personalmente, crecí dando por un hecho que ser hombre era algo ya dado. Pero ellas nos enseñaron algo muy valioso, y es que la cultura se puede moldear, las narrativas cambian y esto tiene consecuencias y beneficios. Para impactar la cultura debemos ser proactivos y no conformarnos con que otros dicten las historias que nos estaremos contando.
Yo no sé vos, pero según yo, la timidez y la conformidad no son características dignas de un ser admirable. Dejá que tu intuición te guíe para expresarte con autenticidad y liberar todo el poder que viene con tu esencia solo por ser y existir.
Un ser humano que no se sienta realizado, es un problema para sí mismo y para la sociedad.
Y si tenés dudas de si estás en el camino, la señal de que estás operando desde un viejo marco es la falta de voluntad de cambio. Una mente se actualiza cuando se asume la responsabilidad, cree en el cambio y aprende a ser dueño de su atención. Requiere práctica, y la disciplina de cuando sea necesario, sentarse en el ácido de la incomodidad y todo aquello que no querés ver. A veces toca visitar la cueva a la que tenés miedo entrar, como diría Joseph Campbell.
Quizás la conversación difícil que necesitás tener es con las mujeres y con los hombres de tu vida sobre qué significa ser hombre. No para satanizar, no para victimizarse. Para asumir la cuota que nos corresponde y crear una versión funcional que te permita realizarte como individuo, amigo, hermano, pareja e impactar a la sociedad positivamente.
Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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