Mentalidad

En 2019 estuve frente a la Sagrada Familia, en Barcelona. Sentí lo que siente cualquiera que está frente a algo que lo excede: un completo asombro. Pero no fue la arquitectura lo que me dejó así. Fue una idea que no he sacado de mi cabeza desde entonces: me maravilla que un pueblo entero haya tomado la visión de un artista y la haya asumido como su propia misión. Gaudí llevaba casi un siglo muerto y la obra seguía subiendo, piedra sobre piedra, hecha por gente que nunca lo conoció, que trabajaba cada día por algo que él dejó sin terminar.
Esta semana, cuando coronaron la torre más alta el día exacto del centenario de su muerte, volví a preguntarme: ¿de qué depende que un ser humano trascienda? Y sinceramente estoy convencido de que la trascendencia de un ser humano depende de su capacidad para comunicar su visión.
Cuando digo comunicar no me refiero a hablar bien. Gaudí dejó pocos planos. En 1936 le quemaron el taller y le destrozaron las maquetas, y la obra debería haber muerto ahí. Él ya no estaba, pero su obra no murió. Se reconstruyó desde los escombros, porque lo que dejó no se podía romper del todo: un sistema de geometría replicable. El arco que diseñaba colgando cadenas se podía volver a calcular aunque el yeso fuera ceniza.
Y aun así, el sistema no alcanza para explicar lo que pasó. Un sistema se puede copiar, se puede replicar; nadie entrega su vida a replicar las cosas de otro. Para llegar al nivel de trascendencia, lo que movió a generaciones a recalcular ese arco fue la visión que el sistema llevaba adentro: la visión del resultado final y su significado. Por eso pasan dos cosas, y pasan en orden.
Mientras Gaudí vivió, lo que movía todo era la inspiración. Sabía que iba a morir con la iglesia sin terminar y estaba en paz con eso. Vendió una idea tan grande que, para él, era obvio que iba a durar más que su vida, y que otros tomarían la estafeta. Cuando él faltó, lo que guió las manos de esos otros fue su sistema. Es decir, la idea reúne a la gente. El sistema le dice a esa gente qué hacer cuando ya no queda nadie a quién preguntarle. Pero el sistema depende de la visión.
Lo vi repetido esta misma semana, a otra escala y en otro mundo. Los Knicks de Nueva York salieron campeones de la NBA después de cincuenta y tres años. Ahora se sabe que parte de la historia es que Jalen Brunson, estrella y capitán del equipo, resignó en 2024 ciento trece millones de dólares de su contrato para que el equipo pudiera armarse. Nadie deja ir esa cantidad de dinero con facilidad. Brunson lo hizo porque alguien le comunicó un futuro que valía más que el dinero, y más que el resultado del próximo año.
Me podés decir que detrás de Gaudí había una asociación de cientos de miles de socios y la Iglesia Católica entera, y que detrás de Brunson hay una franquicia poderosa. Es cierto, pero no es suficiente. Una institución puede darle peso a un proyecto, pero por sí sola se cae. Le falta la causa, y le falta alguien que sepa comunicarla con pasión.
Cuando comunicamos una visión de futuro en la que creemos de verdad, llamamos a otros a caminar en conjunto y le damos vida a la inspiración. Así avanzamos como tribu, como organización, como equipo. La estructura aguanta el peso, pero la obra continúa gracias a quien supo decir para qué.
Me conmueve porque me reconozco en esa idea de pelear por una causa que me excede. Llevo años construyendo un modelo de cómo nos relacionamos los seres humanos, un marco teórico y práctico para tener mejores relaciones en el trabajo y en la casa. Lo enseño en mi certificación, lo estoy transformando en mi primer libro, lo dejo en videos, podcasts y artículos que van a seguir ahí cuando yo no esté. Todo eso tiene un propósito que no suelo decir en voz alta: que pueda vivir sin mi presencia.
¿Se puede reconstruir sin mí? Si todo depende de que yo esté parado al frente explicándolo, fallé. Una certificación es mi manera de poner el conocimiento en manos de otros; pero el conocimiento por sí solo no aguanta un incendio. Lo que lo puede hacer aguantar es que, cuando yo no esté para aclarar nada, alguien pueda agarrar los pedazos y volver a calcular el arco. Por eso me importa que el método tenga estructura propia, que se pueda enseñar sin que haya que copiarme. Por eso el modelo está basado en que mis estudiantes puedan entenderse, entender a otros y actualizar su mente y sus relaciones sin necesitarme en la sala.
Gaudí no se preocupó por que lo recordaran. Se ocupó de que pudieran seguir sin él. Cien años después, gente que no había nacido cuando lo atropelló aquel tranvía levanta una torre que él nunca vio salvo en sus sueños. Pero su visión se hace realidad e impacta a millones de vidas. Personalmente no sé hasta dónde va a llegar mi modelo. Pero en mi interior sé que es lo único que vale la pena hacer mientras todavía estoy vivo.
Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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