Mentalidad

Las 10 mil horas son un mito. Reflexiones con mi cinta negra de jiujitsu

Las 10 mil horas son un mito. Reflexiones con mi cinta negra de jiujitsu

jorge chaverri mentalidad

"Ten siempre a Itaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin esperar a que Itaca te enriquezca." —Konstantino Kavafis


Imaginá que te proponés una meta que sabés que te va a tomar diez años. Empezás. Y la vida te sorprende de múltiples formas. Te pone retos, desviaciones y obstáculos que no estaban en el plan. Llegan los diez años y la meta no se ha cumplido. ¿Seguirías caminando hacia ella o la dejarías botada?

En 2012 yo tenía 25 años y acababa de encontrar el jiujitsu. No estaba pasando un buen momento en mi vida personal. El tatami se volvió el lugar donde podía dejar todo afuera por un par de horas. Pero no fue solo eso lo que me enganchó. Desde los 13 años, cuando escuché por primera vez del jiujitsu brasileño, soñé con dominar ese arte marcial que prometía enseñarme a derrotar a oponentes más grandes y más fuertes que yo. Me tomó un rato encontrar las condiciones para iniciar el camino.

En un principio, fue sumamente duro. El proceso lleno de golpes, lesiones, dolor. El cuerpo pagando lo que la mente pedía con obsesión.

Por allá de esa época, aún cinta blanca, había leído en algún blog que para llegar a cinta negra de jiujitsu brasileño se necesitaban diez años de consistencia. En esos tiempos estaba leyendo un libro sobre el potencial humano y me crucé con la famosa idea de las diez mil horas* para llegar a ser un maestro de algo. Rápidamente hice la cuenta: si entrenaba lo suficiente durante esos diez años, llegaba a las diez mil horas. Todo calzaba. Tenía hacia dónde apuntar mi energía. La cinta negra significaba volverme experto en un arte marcial que me prometía la invulnerabilidad.

Lo que no sabía era lo que me iba a encontrar. Diez años es demasiado tiempo.

Si a mi yo de trece años —la primera vez que escuchó la palabra jiujitsu— alguien le hubiera dicho "esto te va a tomar diez años", quizás no habría empezado. Habría pensado qué pereza y habría tomado otras decisiones. Pero ese yo se habría perdido de conectar con la disciplina de presentarme aunque no tuviera ganas, la humildad de que me sometiera alguien la mitad de mi tamaño, la confianza que solo se construye después de fallar muchas veces. Se habría perdido los amigos que hice y las veces que me tocó empujar a otros para volver a entrenar. Y sobre todo se habría perdido de entender cuánto se parece lo que pasa en el tatami a lo que pasa en la vida.

Me tomó casi catorce años, no diez. Por múltiples razones. Viajes, salud, lesiones, negocios. La vida pasando. El número era una mentira. Las 10 mil horas fueron un mito. En su momento me dieron dirección. Pero me hice a la falsa idea de que la maestría tenía una línea de meta a la que por fin "llegabas". Esa línea no existe. Como en la vida y cualquier otro objetivo, yo podía hacer el plan, diseñar el objetivo, apasionarme con la visión. El resultado nunca estuvo en mis manos. Y al llegar, el camino no se acababa.

Durante todos estos años, lo que sí estuvo en mis manos fue disfrutar cada entrenamiento, cada rolada, cada técnica nueva. Disfrutar de volver después de una pausa y sentirme atrasado, una vez más. Disfrutar también del progreso, una técnica que me salía en una pelea. Aceptar cuando lo estaba haciendo mal y buscar ayuda. Estudiar por mi cuenta. Presentarme al dojo, incluso los días en que no quería o en que el cuerpo pedía descanso. Pero también lo contrario: reconocer cuándo el cuerpo necesitaba parar, ir a terapia, meter pesas, caminar, dormir más. Dormir más para ser mejor en jiujitsu, algo que mi yo de 25 no había entendido ni tomado en cuenta.

Con el tiempo, cada decisión que tomaba terminaba apuntando a lo mismo: algún día obtener la cinta negra. Un hito. Una señal de que iba progresando. Aunque después del hito, la vida sigue, y uno puede seguir mejorando.

Hoy entiendo que la cinta negra no significa un fin. No me hace mejor, no cambia mi realidad. Es apenas la representación de un montón de experiencias acumuladas que me permiten moverme de cierta forma y anticipar escenarios a partir de todo lo que he vivido.

Pero es también un recordatorio de que dos centímetros de tela en mi cintura no valen nada si dejo de entrenar. Si no practico, las habilidades se van.

Como en el jiujitsu, así funciona casi todo. Así funciona en la comunicación, los negocios, las relaciones. Sin la intención de mejorar un poco cada día —y de disfrutar de cada instante del proceso— los reconocimientos no sirven para nada. Crecemos en el camino, cuando disfrutamos y tenemos claro para qué hacemos lo que hacemos. Y cuando lleguemos a la meta —cuando sea que lleguemos— nos toca continuar al siguiente lugar al que nos dirija el destino.

Jorge


*La cifra viene de un estudio de 1993 de Anders Ericsson con violinistas en Berlín: los diez mejores habían acumulado, en promedio, unas 10 mil horas de práctica deliberada para los 20 años, aunque a esa altura ni cerca eran maestros. Malcolm Gladwell lo volvió "la regla de las 10 mil horas" en Outliers (2008), y el propio Ericsson aclaró que esa lectura está equivocada: era un promedio, no un umbral, y las horas son consecuencia de un tipo específico de práctica —con coach, al borde de la capacidad y con retroalimentación inmediata—, no la causa de la maestría en sí. Para rematar, un metaanálisis de 2014 encontró que la práctica deliberada explica apenas el 21% de la variación en música y el 18% en deportes; el resto lo ponen la genética, la edad de inicio, la enseñanza y la oportunidad. Fuente: David Epstein, "Remembering the “Father of the 10,000-hours rule”…(p.s. he hated that title)"

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Lo que sobrevive al fuego: Sobre Gaudí y los Knicks Campeones

En 2019 estuve frente a la Sagrada Familia, en Barcelona. Sentí lo que siente cualquiera que está frente a algo que lo excede: un completo asombro. Pero no fue la arquitectura lo que me dejó así. Fue una idea que no he sacado de mi cabeza desde entonces: me maravilla que un pueblo entero haya tomado la visión de un artista y la haya asumido como su propia misión. Gaudí llevaba casi un siglo muerto y la obra seguía subiendo, piedra sobre piedra, hecha por gente que nunca lo conoció, que trabajaba cada día por algo que él dejó sin terminar. Esta semana, cuando coronaron la torre más alta el día exacto del centenario de su muerte, volví a preguntarme: ¿de qué depende que un ser humano trascienda? Y sinceramente estoy convencido de que la trascendencia de un ser humano depende de su capacidad para comunicar su visión. Cuando digo comunicar no me refiero a hablar bien. Gaudí dejó pocos planos. En 1936 le quemaron el taller y le destrozaron las maquetas, y la obra debería haber muerto ahí. Él ya no estaba, pero su obra no murió. Se reconstruyó desde los escombros, porque lo que dejó no se podía romper del todo: un sistema de geometría replicable. El arco que diseñaba colgando cadenas se podía volver a calcular aunque el yeso fuera ceniza.

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El Hombre Integrado: Reflexiones sobre masculinidad

Hace tiempo vengo escuchando conversaciones que giran en torno a la preocupación por los hombres en la actualidad. Una amiga que me dice que ya no encuentra hombres que sostengan una conversación profunda. Un cliente frustrado que me confiesa, después de tres sesiones, que no sabe quién es fuera del trabajo. Una madre preocupada que me cuenta que su hijo de veinticinco años lleva dos años encerrado en el cuarto. Una mujer me dice con culpa, que está cansada de ser la que organiza todo, la que sostiene, la que toma decisiones también en su casa y, su esposo que dice que no sabe qué le toca hacer, que cualquier cosa que diga o haga está mal. Mis clientas, profesionales que escalaron a lo más alto en sus carreras, me dicen que ahora que quieren tener pareja, formar familia, se encuentran con que es el único ámbito en el que no tienen éxito. *Ya no hay hombres*. *Ya no encontramos hombres que valgan la pena.* Lo que escucho constantemente, lo que veo en distintas partes, mis estudiantes lo mencionan en las conversaciones sociales, mis clientes lo traen a sesión: **esa sensación generalizada de que los hombres estamos perdidos.** El tema ha estado tan presente en los últimos años que Allan Fernández y yo terminamos dedicándole tres episodios oficiales y todavía queda uno por estrenar en Habladas Filosóficas. También me invitó Johanna Villalobos a su podcast para conversar sobre la pregunta: ¿por qué ya no hay hombres disponibles para tener relaciones de pareja?. Por eso decidí escribir. Porque lo que me preocupa no son las preguntas sino conformarnos con ello como si fuera la realidad que nos toca.

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Con más de 12 años de experiencia en negocios, estrategias comerciales, y más de 8 años ayudando, guiando y asesorando individuos, emprendedores, compañías, atletas y lideres para alcanzar su máximo potencial. Jorge Chaverri es el creador de la marca The MindCoach®, cofundador de la Academia Mind Coach y host de The Mind Podcast.

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