Comunicacion
Quienes me conocen saben que tengo una obsesión con dos cosas: la comunicación humana y mi pasarla bien con mis gatitos. En estos días, mientras jugaba con ellos, poniendo en práctica mis aprendizajes de adiestramiento y por mi constante reflexión sobre la naturaleza humana, me di cuenta de algo: ganarse la confianza de un gato y ganarse la confianza de un humano tienen mucho más en común de lo que parece.
Hay algo en la mirada de un gato que nos obliga mantener una distancia distinta a la que tendríamos con un perro —ese entusiasmo desbordante, la cola que mueve al cuerpo entero. El gato, en cambio, nos mira como si estuviéramos a prueba. Como si quisiera saber si merecemos estar en su mundo.
No podemos acercarnos a un gato como lo haríamos con un perro. No funciona lanzarse a abrazarlo, invadir su espacio o imponerle nuestra presencia. Con los gatos, la interacción es un arte de señales sutiles: un movimiento lento, un parpadeo prolongado, una postura poco amenazante, la distancia calculada. Tal vez un objeto o un juguete que despierte su curiosidad. Nunca un contacto visual directo y prolongado, porque en su mundo eso puede ser interpretado como amenaza.
Esta diferencia no es casualidad. Los gatos, aunque domesticados hace miles de años, siguen operando bajo el marco de presa y cazador. Por un lado, son depredadores expertos, carnívoros por naturaleza(pueden llegar a cazar hasta 10 veces por día, en su habitad natural). Por el otro, son lo suficientemente pequeños como para convertirse ellos mismos en presa de animales más grandes. Su sistema nervioso, su conducta y hasta sus microexpresiones están moldeadas por esa dualidad constante: cazar y evitar ser cazados.
Ahora sí, ¿Y, qué tiene que ver todo esto con los humanos? Definitivamente, más de lo que pensamos.
El sesgo de supervivencia humano
Aunque vivimos en la época más segura y cómoda de la historia —con acceso a tecnología, medicina y recursos que nuestros antepasados ni siquiera podían imaginar, nuestro cerebro sigue operando con mecanismos que evolucionaron para la supervivencia. Uno de esos mecanismos es el sesgo de ellos contra nosotros.
A nivel instintivo, todo lo que no encaje con nuestra forma de ver el mundo puede convertirse en una amenaza: personas con creencias distintas, ideologías opuestas, costumbres no familiares. No necesariamente sentimos el miedo físico, pero sí una especie de alerta social o emocional. Y en ese estado, la comunicación se vuelve difícil: escuchamos menos, interrumpimos más y nos aferramos a nuestras opiniones como si nuestra vida dependiera de ello.
En otras palabras: aunque no estemos huyendo de depredadores, seguimos reaccionando como un gato que percibe peligro.
El lenguaje como herramienta única
Aquí entra en juego una diferencia evolutiva que tenemos sobre la mayoría de especies: el uso del lenguaje. Gracias a él podemos crear realidades compartidas que van más allá del presente. Podemos imaginar futuros, recordar con detalle el pasado, contar historias que cambian nuestra percepción y hasta la de los demás.
El punto clave, es que el lenguaje también es limitado, pues es solo un intento de describir la realidad, no la realidad en sí misma. Ya sabemos lo que pasa cuando, dos personas pueden estar usando las mismas palabras y aun así referirse a experiencias completamente distintas. Si entendemos esto, podemos usar el lenguaje como un puente, no como una sentencia.
Lo que podemos aprender sobre la estrategia para ganarse la confianza de un gato
La analogía con los gatos nos da una pista sobre cómo construir confianza en nuestras interacciones humanas. Igual que con un felino, no podemos “forzar” la conexión. Necesitamos crear un espacio seguro y atractivo para que la otra persona quiera acercarse con confianza.
En la práctica, esto significa:
Escuchar con presencia: no solo oír, sino mostrar con nuestro lenguaje corporal que estamos presentes.
Suspender el juicio: dejar de buscar quién tiene la razón para, en cambio, buscar comprender el contexto completo.
Validar la experiencia del otro: reconocer sus emociones, necesidades y puntos de vista, aunque no los compartamos.
Usar preguntas desde la curiosidad: no para interrogar, sino para abrir la conversación.
Adaptar nuestro lenguaje no verbal: tono de voz, gestos, postura… todo debe transmitir que no somos una amenaza.
En Programación Neurolingüística, a esta habilidad se le llama Rapport: la capacidad de sintonizar con el mundo de la otra persona para generar conexión y confianza. Es como si dijéramos, de manera implícita: “Entiendo cómo ves el mundo, y es válido para mí”— somos de los mismos.
Exploding Kittens y las bombas emocionales
Entonces, seguí reflexionando y me encontré con una referencia que, a primera vista, puede parecer meramente lúdica, pero que encierra una lección valiosa para la comunicación: el juego de mesa Exploding Kittens.
Este juego es como el famosísimo "UNO" pero con gatitos que amenazan con explotar en una mano de cartas muy surreales y absurdas. El objetivo del juego es sobrevivir sin explotar, para ello en este juego hay una carta llamada Diffuse, que sirve para desactivar una bomba antes de que explote. Y aquí viene la idea que podemos trasladar a nuestras interacciones cotidianas: si lo llevamos al terreno de la comunicación, podríamos decir que el Rapport es nuestra carta Diffuse en las interacciones humanas.
Cada vez que una conversación amenaza con convertirse en conflicto, podemos “desactivar la bomba” aplicando estrategias de conexión: reflejar (mirroring) el lenguaje del otro, igualar su ritmo y tono, devolverle sus propias palabras para mostrar que lo hemos entendido, validar sus emociones antes de dar nuestra opinión. Y así, su inconsciente comprenderá que: "somos de los mismos".
Humanos como Animales
Si entendemos que todos, en algún nivel, somos como los gatitos —con nuestro propio territorio, nuestras alertas y nuestras reservas—, cambia la forma en que abordamos cada interacción. Dejamos de dar por hecho que el otro “debería” confiar en nosotros y empezamos a actuar como si esa confianza hubiera que cultivarla.
Al final, la relación con un gato no se basa en la imposición, sino en la paciencia, la observación y la sutilidad. Y eso, curiosamente, es lo que más se parece a una buena comunicación humana: no se trata de ganar la discusión ni de imponer nuestra visión, sino de crear un espacio donde ambos podamos acercarnos sin sentirnos amenazados. Tanto gatos como humanos buscamos lo mismo: sentir que estamos en un lugar seguro, con alguien que nos entiende, y que, si decidimos acercarnos, será para compartir algo bueno.
Jorge
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