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Más allá del bien y el mal: el poder de la complejidad

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“Todo lo que vemos es una perspectiva y no un hecho, lo que escuchamos es una opinión y no la realidad.” —Marco Aurelio

Desde que somos niños, nos entregan un mapa del mundo. Es un mapa simple, con solo dos colores: blanco y negro. Nos enseñan a etiquetar acciones, personas e intenciones como "buenas" o "malas", "correctas" o "incorrectas". Es una guía básica de navegación que, sin duda, nos ayuda a orientarnos en un mundo que de otra manera parecería caótico.

Pero, ¿qué pasaría si te dijera que ese mapa, aunque fundamental en nuestros orígenes, se ha convertido hoy en la jaula que limita nuestro potencial, limita nuestras relaciones y sabotea nuestra capacidad de comunicarnos?

No pretendo distorsionar la moralidad ni caer en un relativismo donde "todo vale", sino trascender una de las trampas mentales más poderosas y primitivas que gobiernan nuestro comportamiento: el sesgo polarizante del bien y el mal.

Si querés estimular tu mente y desafiar algunos obstáculos internos que podrían estorbar en tus conversaciones, esto es para vos.

Más allá del bien y el mal

Imaginá que vas manejando y alguien se te atraviesa. En un microsegundo tu mente te presente la etiqueta de “irresponsable” y tu cuerpo se prepara para el combate: se acelera el corazón, se tensan los músculos, quizás gritás(o deseás gritar) un par de improperios. Ese reflejo binario—bien/mal, amigo/enemigo—es parte del cableado en nuestro sistema nervioso desde hace millones de años. Gracias a él la especie sobrevivió, pero hoy nos limita pues nos empuja a juzgar rápido en vez de comprender, a reaccionar en vez de dialogar.

Lo interesante de este mecanismo es que no nos hace demasiado diferentes a los nematodos, también conocidos como "gusanos redondos". Los nematodos son una especie de ser vivo abundante en el mundo, y de los más longevos pues tienen entre 600 a 1000 millones de antiguedad.

El nematodo Caenorhabditis elegans avanza hacia lo que huele a alimento y huye de lo que no. Punto. Su existencia entera se rige por un principio binario: lo que percibe como alimento (lo "bueno") y lo que no percibe como alimento(lo "malo"). No hay reflexión, no hay contexto. Es un mecanismo de supervivencia puro y duro, grabado en el ADN a lo largo de millones de años de evolución.

Nosotros, los seres humanos como el resto de especie animales, llevamos ese mismo software. Esa brújula interna de "me gusta / no me gusta", "seguro / peligroso" que nos ha permitido sobrevivir como especie; nos impulsó a formar tribus (los "buenos") para protegernos de los extraños (los "malos"); nos ayudó a codificar leyes y normas sociales que, con todas sus imperfecciones, han creado la estructura que sostiene nuestra civilización.

El problema es que este sistema operativo, diseñado para un mundo de depredadores y peligros físicos inmediatos, sigue corriendo en la actualidad sin mayor actualización. Y esto es lo que ha creado una jaula mental que nos limita. Porque una cosa es sobrevivir, y otra muy distinta es trascender, conectar y prosperar.

Si operamos únicamente desde la lógica correcto / incorrecto, corremos el riesgo de convertir nuestras interacciones humanas en simples movimientos reflejos— puros automatismos primitivos que nos hacen reaccionar. Y la verdad es que, vos y yo podemos—y necesitamos—algo mejor que eso.

La construcción cultural del bien y el mal

El bien y el mal, como categorías absolutas, son construcciones culturales que refinan aquel instinto de supervivencia. Al darle forma jurídica y moral, la sociedad gana orden, pero el individuo pierde matices si no cuestiona y si no está abierto a las posibilidades. Cuando aplicamos el filtro binario de "bueno/malo" a las complejidades de la vida moderna, la realidad se distorsiona. Una discusión de pareja, un error en un proyecto, la frustración de un hijo o un simple desacuerdo dejan de ser situaciones con múltiples capas y matices para convertirse en un campo de batalla moral y en este campo de batalla, no hay espacio para el entendimiento. Solo hay espacio para la culpa.

Si mi colega no está de acuerdo con mi idea, su postura es "mala" y la mía es "buena". Si mi hijo no ordena su cuarto, su comportamiento es "malo" y mi exigencia es "buena". Si mi pareja expresa una necesidad que choca con la mía, su petición se vuelve "egoísta" y mi resistencia "justificada".

Esta sobresimplificación es un cortocircuito para la empatía y la resolución creativa de problemas. En lugar de buscar soluciones, buscamos culpables. En lugar de construir puentes de comunicación, levantamos muros de juicio. Operar desde esta mentalidad nos deja con un menú de respuestas tan limitado como el de aquel nematodo. O como bien describe el Dr. Gabor Maté, cuando nos sentimos amenazados (y un juicio de valor es una profunda amenaza social), nuestro sistema nervioso nos ofrece pocas salidas:


  1. Luchar (Fight): Atacamos, culpamos, nos defendemos con agresividad.

  2. Huir (Flight): Evitamos la conversación, nos distanciamos, aplicamos la ley del hielo.

  3. Paralizarnos (Freeze): Nos bloqueamos, nos quedamos en blanco, incapaces de articular palabra.

  4. Distraernos o Complacer (Fawn): Buscamos apaciguar al otro a toda costa, abandonando nuestras propias necesidades, o nos refugiamos en distracciones (el móvil, el trabajo, la comida) para no sentir el malestar del conflicto.


¿Te suena? Este es el resultado de ver el mundo en blanco y negro. Un menú diseñado para escapar de un tigre, no para construir una relación sana, liderar un equipo innovador o criar a un ser humano resiliente y emocionalmente inteligente.

La solución paradójica: complejizar la situación

“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad.” —Viktor Frankl

Puede sonar contraintuitivo, pero cuando aceptás la complejidad interna de cada persona y situación, las conversaciones se vuelven más simples. Al soltar la lucha por etiquetar, aparece un terreno común donde negociar acuerdos, diseñar planes y construir confianza. Ese espacio es oro puro para cualquier líder, coach o emprendedor. Si simplificar es un instinto, complejizar la realidad es una elección consciente. Es un acto de madurez y de poder personal. Salir de la lógica binaria no significa relativizar todo ni abandonar principios. Significa reconocer que las etiquetas son mapas, no territorios.

La curiosidad radical es la gran herramienta que nos permitiría suspender el juicio para hacer una pregunta más profunda y pasar del "¿Quién tiene razón?" al mucho más útil "¿Qué está pasando aquí realmente?".

En lugar de seguir recetando la etiqueta de "bueno" o "malo" en una acción o una persona, podemos preguntarnos:


  • ¿De dónde viene este comportamiento?

  • ¿Qué necesidad no cubierta está intentando comunicar esta persona (o yo mismo)?

  • ¿Qué emoción (miedo, dolor, frustración) es el motor de esta reacción?

  • ¿Cuál es la intención positiva detrás de este método, aunque sea torpe?

  • ¿Qué valores o significados personales se están activando en esta situación?


Imagina este escenario: le pides a un miembro de tu equipo que se encargue de una tarea y se muestra reacio y a la defensiva.


  • La reacción del "bien y el mal": "Qué falta de compromiso (malo). No tiene la actitud correcta (mala)". El resultado: frustración, un sermón y un empleado desmotivado.

  • La reacción desde la curiosidad radical: "Noto que esta tarea te genera resistencia. ¿Hay algo en ella que te preocupa? ¿Sientes que no tienes los recursos o el tiempo? Ayúdame a entender qué está pasando por tu cabeza"


La primera reacción busca un culpable. La segunda busca una causa y una solución. La primera cierra la puerta. La segunda abre un universo de posibilidades.

Vos podés seguir operando como un nematodo, reaccionando a lo que huela a amenaza o gratificación. O podés aceptar la invitación a convertirte en un un líder en cada interacción, alguien que pregunta antes de juzgar, que integra antes de descartar. Más allá del bien y el mal está el territorio donde la mente se expande, el liderazgo florece y las relaciones crecen.

La próxima vez que te encuentres frente a un conflicto, una frustración o un desacuerdo, te invito a hacer una pausa. Sentí ese impulso primitivo de juzgar, de sentenciar, de poner la etiqueta. Obsérvalo sin criticarlo; es parte de tu naturaleza. Y entonces, conscientemente, elegí la curiosidad.

La pregunta definitiva no es si algo es bueno o malo. La pregunta es: ¿Estoy dispuesto a mirar más allá de la etiqueta para descubrir la humanidad, la necesidad y la verdad que se esconden detrás?

En este nuevo marco reside la clave no solo para transformar nuestras relaciones, sino para convertirnos en una versión más sabia, íntegra y expansiva de nosotros mismos. Simplificar nos hizo sobrevivir. Complejizar nos permitirá trascender.

Jorge

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Hace tiempo vengo escuchando conversaciones que giran en torno a la preocupación por los hombres en la actualidad. Una amiga que me dice que ya no encuentra hombres que sostengan una conversación profunda. Un cliente frustrado que me confiesa, después de tres sesiones, que no sabe quién es fuera del trabajo. Una madre preocupada que me cuenta que su hijo de veinticinco años lleva dos años encerrado en el cuarto. Una mujer me dice con culpa, que está cansada de ser la que organiza todo, la que sostiene, la que toma decisiones también en su casa y, su esposo que dice que no sabe qué le toca hacer, que cualquier cosa que diga o haga está mal. Mis clientas, profesionales que escalaron a lo más alto en sus carreras, me dicen que ahora que quieren tener pareja, formar familia, se encuentran con que es el único ámbito en el que no tienen éxito. *Ya no hay hombres*. *Ya no encontramos hombres que valgan la pena.* Lo que escucho constantemente, lo que veo en distintas partes, mis estudiantes lo mencionan en las conversaciones sociales, mis clientes lo traen a sesión: **esa sensación generalizada de que los hombres estamos perdidos.** El tema ha estado tan presente en los últimos años que Allan Fernández y yo terminamos dedicándole tres episodios oficiales y todavía queda uno por estrenar en Habladas Filosóficas. También me invitó Johanna Villalobos a su podcast para conversar sobre la pregunta: ¿por qué ya no hay hombres disponibles para tener relaciones de pareja?. Por eso decidí escribir. Porque lo que me preocupa no son las preguntas sino conformarnos con ello como si fuera la realidad que nos toca.

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Con más de 12 años de experiencia en negocios, estrategias comerciales, y más de 8 años ayudando, guiando y asesorando individuos, emprendedores, compañías, atletas y lideres para alcanzar su máximo potencial. Jorge Chaverri es el creador de la marca The MindCoach®, cofundador de la Academia Mind Coach y host de The Mind Podcast.

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