Emociones

Todo lo que las emociones pueden ser si dejás de ignorarlas

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"Hacernos amigos de nuestras emociones, desarrollar compasión hacia esos aspectos de nosotros mismos que nos avergüenzan, los que juzgamos como malos o incorrectos, se convierte en la materia prima, en el material más rico con el que podemos trabajar para despertar." —Pema Chödrön


¿Cuántas decisiones importantes de tu vida tomaste vos, y cuántas las tomó una emoción que nunca cuestionaste?

¿Y si lo que llamás "así soy yo" es simplemente un patrón que aprendiste y nunca revisaste?

Hay algo que me tomó años reconocer: durante mucho tiempo, las emociones para mí eran una idea que me costaba mucho experimentar— racionalmente sabía que eran importantes, que decían algo sobre mí, que valía la pena escucharlas. Pero en la práctica, las ignoraba. Les restaba peso, les restaba interés inconscientemente. Construí sin darme cuenta un patrón de evitativo hacia mi propio mundo interno. Tanto hacia lo agradable como hacia lo que dolía.

El punto de quiebre llegó en 2020. Con pandemia, emprendimiento, matrimonio, un apartamento pequeño desde donde mi esposa y yo construíamos todo al mismo tiempo, sin claridad de cómo se iba a resolver nada. Recuerdo haber sentido que algo me sobrepasaba, y que ese algo se manifestaba en el cuerpo, en la mente, en la relación y en formas que yo no sabía nombrar. Por primera vez, no pude ignorarlo. Era abrumador.

Eso me obligó a atender mi mundo interno de verdad. Sentarme en el ácido. A experimentar con diferentes herramientas. A entender qué se estaba moviendo adentro y por qué. Y en ese proceso descubrí algo que cambió la manera en que entiendo las emociones, y que hoy es parte central de mi trabajo.

En el camino comprendí que las emociones no son simplemente reacciones. Son construcciones. Y eso significa que podemos hacer mucho más con ellas de lo que creemos.


Las emociones no son comandos infalibles

Hay una creencia que opera en la mayoría de las personas: que las emociones son reacciones. Que el enojo ordena pelear. Que la tristeza ordena aislarse. Que la ansiedad ordena rumiar. Como si entre lo que sentimos y lo que hacemos no existiera ningún espacio, ninguna pausa, ninguna decisión.

Así nos convertimos en víctimas de las emociones pero sobre todo de la relación que tenemos con ellas.

Y el problema no es la emoción como tal sino que nunca nos enseñaron que ese espacio existe, y que en ese espacio ocurre todo lo que importa.


Lo que las emociones realmente son

Durante mucho tiempo se asumió que las emociones eran universales y fijas: herencias de la evolución, grabadas en el cerebro, iguales en todas las culturas. La neurociencia contemporánea ha revisado eso con bastante contundencia. Por ejemplo, la investigadora Lisa Feldman Barrett muestra que las emociones no se "disparan" desde algún centro primitivo del cerebro sino que se construyen en cada instante.


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El punto de partida es algo que compartimos con otros animales: dos variables que configuran el estado de ánimo en cada momento. El nivel de energía percibida y el nivel de comodidad percibida. Eso es el afecto central, una especie de clima interno constante.

Lo que nos separa de los animales es el lenguaje. Cuando le ponemos nombre a ese estado, en un contexto específico, construimos una instancia emocional. Y con ella, un conjunto de reglas, permisos, prohibiciones, expectativas, interpretaciones. Un mundo de significados que determina qué haremos a continuación.

Dicho de otra manera: no sentís enojo y después pensás. Pensás, y ese pensamiento construye el enojo que sentís. En un contexto específico.

Esto cambia el juego. Es el cambio más importante que puede ocurrirle a alguien que quiere relacionarse mejor con su vida emocional, pues esto nos devuelve poder.

Este camino me ha llevado a darme cuenta que cuando construimos intencional y conscientemente nuestra instancia emocional, existe un mundo de posibilidades de cosas que podemos hacer con nuestras emociones.


Cinco cosas que podés hacer con una emoción

Primero: sentirla y observarla.

Es lo más contraintuitivo y lo más necesario.

Estamos entrenados para negar, distraernos o reaccionar. Sentarse con una emoción, sin actuar desde ella, genera distancia. Es decir, la capacidad de observar el propio proceso mental.

Muchas veces, en ese silencio, aparece información que no podíamos ver en medio de la rutina y el ruido. Lo que parecía enojo resulta ser agotamiento. Lo que parecía ansiedad resulta ser una necesidad no atendida.

El filósofo Epicteto lo formuló de manera brutal: "no nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre ellas". Observar es el primer acto de responsabilidad sobre la propia experiencia.

Segundo: cambiar el marco que la construye.

Si la emoción es una construcción, entonces la interpretación que la genera puede revisarse.

Ante una misma situación externa, marcos distintos producen emociones distintas. Se trata de precisión semántica: preguntarse qué reglas, qué juicios, qué supuestos están generando esta experiencia, y si esos supuestos son los que uno elegiría conscientemente.

Tercero: construirla intencionalmente.

Este es el movimiento más exigente y el más liberador.

Si entendemos cómo se construye una emoción, podemos participar activamente en su diseño. No para falsificar lo que sentimos, sino para crear instancias emocionales más alineadas con quiénes queremos ser.

Las emociones que nos funcionan no son las que heredamos sin cuestionarlas. Son las que construimos con conciencia, desde nuestros valores.

Cuarto: matizarlas.

La neurosemántica ofrece una práctica concreta para esto. Muchas personas cargan con emociones problemáticas, no porque la emoción sea mala, sino porque en algún momento aprendieron a expresarla de una manera que les trajo consecuencias difíciles.

El enojo, por ejemplo, señala que algo importante está siendo transgredido. Es información valiosa. Pero si alguien aprendió que el enojo destruye relaciones, probablemente lo reprime, y al reprimirlo, pone la relación por encima de sus propios valores.

¿Qué pasaría si construye un enojo empático?

Una forma de expresar lo que le importa, lo que percibe como injusto, con la misma honestidad pero con la conciencia puesta también en el otro. No es suavizar el enojo. Es enriquecerlo. Combinarlo con más información, más contexto, más recursos.

Así se crean emociones nuevas, propias, que no cargan el peso de los patrones aprendidos.

Quinto: usarla para conectar con algo más grande.

En la práctica budista del Tonglen, podemos conectar con la emoción disruptiva en nuestro interior y además expandir esta consciencia hacia todas los otros seres sintientes que pasan por esta experiencia: en la inhalación, abrirse a recibir el dolor propio y el de los demás. En la exhalación, ofrecer bienestar hacia afuera.

Lo que hace el Tonglen es disolver la personalización de la experiencia.

El sufrimiento deja de ser solo mío para convertirse en puerta de conexión con la experiencia humana compartida. Eso no elimina el dolor. Lo transforma en compasión, que es una forma de presencia mucho más útil que la rumiación.


Y, ¿por dónde empezar?

Hay algo que muchas personas dicen cuando empiezan a trabajar esto: Entiendo todo, pero cuando me pasa algo fuerte, reacciono igual, y me doy cuenta hasta después."

Ese después es el primer indicador de que has comenzado el camino de consciencia.

Darse cuenta, aunque sea tarde, es evidencia de que la conciencia observadora está funcionando.

La práctica no es reaccionar perfecto. La práctica es reducir el tiempo entre la reacción y el darse cuenta. Y eso se entrena, todos los días, con cinco minutos de presencia deliberada. Dejar que la mente haga lo que le de la gana, y simplemente observar. Sin juzgar. Sin corregir. Solo mirar.

Con el tiempo, ese espacio entre estímulo y respuesta se vuelve claro. Y cuando ese espacio es visible, ya no sos esclavo de tus emociones.

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