Mentalidad

La única vez que los seres humanos experimentamos plenitud absoluta fue cuando estuvimos en el vientre de nuestra madre.
Ahí no había que respirar. No había que comer. No había que demostrar nada ni perseguir nada. Simplemente existíamos. Sin esfuerzo, sin separación, sin conciencia del dolor.
Y al nacer, todo eso cambia de golpe.
Aparece el esfuerzo. Aparece el hambre. Aparece la separación. Y con ella, de fondo, una comparación que la mente no puede articular en palabras pero que el cuerpo siente: yo estuve en un lugar donde todo estaba dado, y ahora ya no.
Esa es la hipótesis del Dr. Daniel Siegel, quien plantea algo que me parece una de las ideas más poderosas que he escuchado en años de estudio sobre la mente humana: que toda la vida adulta puede ser un intento de volver a sentir esa plenitud. No de manera literal, como en el útero, sino desde la conciencia. Desde la elección. Desde el trabajo interno.
Hay una idea que escuché durante una semana de entrenamiento en Nosara y que todavía sigue en mi mente.
Tuve la oportunidad de escuchar esto de primera mano durante una semana intensiva de entrenamiento con Siegel en Nosara, Costa Rica. Fue una experiencia que llevaba años esperando. Había leído sus libros, estudiado su marco de neurobiología interpersonal y aplicado muchas de sus ideas en mi trabajo como coach y mentor de líderes. Pero hay algo distinto cuando la teoría se convierte en conversación directa, lecciones en tiempo real, en reflexiones compartidas, historias reales de humanos frente a frente, en preguntas que se quedan resonando mucho después de haber sido hechas.
Lo que más me sorprendió al conocer al Dr. Siegel, además de todo su conocimiento y capacidad de comunicarlo, fue su sencilla presencia. Encontrarme con alguien a quien considero un referente intelectual y descubrir a un ser humano genuinamente curioso, humilde y abierto fue realmente inspirador.
Y es que fue mucho más que estar en su compañía. Durante esos días también compartí espacio con psiquiatras, psicoanalistas con décadas de experiencia, neurocientíficos y terapeutas, de diferentes partes del mundo, que trabajan con personas que han vivido situaciones extremas. Y cada conversación que tuvimos era un recordatorio a la pregunta fundamental: ¿qué significa realmente ser humano?
De todo lo que aprendí esa semana, hay algunas ideas que no me abandonarán.
La primera es que el temperamento es innato, pero la personalidad es flexible. Nuestro temperamento, esa reactividad o sensibilidad de base, está instalado profundamente y no cambia. Pero la personalidad —cómo nos relacionamos, cómo respondemos, cómo nos contamos nuestra historia— puede transformarse. El apego que tuvimos con quienes nos cuidaron en la infancia habilita o limita esa expresión, pero no la determina para siempre.
La segunda idea es que la seguridad emocional puede aprenderse. Siegel habla de algo que llama seguridad aprendida: la posibilidad de construir, a cualquier edad, una base interna más sólida y estable. Eso ocurre cuando integramos el hemisferio izquierdo —que aporta lenguaje y narrativa— con el derecho —que aporta experiencia corporal, emociones y memoria autobiográfica. Cuando esas dos cosas trabajan juntas, podemos construir una narrativa coherente de nuestra vida. Una que sin negar el dolor del pasado pueda sostenerlo con compasión y darle sentido.
La tercera, y quizá la más importante para mí, tiene que ver con el sufrimiento. Entendí durante esa semana que el sufrimiento humano no es una falla del sistema, sino una pérdida de integración. Cuando la mente cae en rigidez —cuando las creencias se vuelven inflexibles, cuando creemos que las cosas "son así y no pueden cambiar"— perdemos la capacidad de integración. Y también la perdemos cuando caemos en el extremo opuesto: el caos, cuando las emociones y pensamientos nos sobrepasan y la experiencia interna se desorganiza.
La salud mental, según este marco, no es la ausencia de dificultades. Es la capacidad de mantenerse integrado frente a ellas. De sostener la complejidad con curiosidad en lugar de cerrarse con miedo.
Me traigo de esta semana en Nosara herramientas, conceptos, teoría e ideas nuevas, y también una confirmación de algo que ya intuía pero que ahora entiendo con más claridad y basado en ciencia.
El pasado influye, pero no determina.
Podemos mirar nuestra historia con compasión, reconocer las limitaciones de quienes nos cuidaron, y asumir responsabilidad por la vida que queremos vivir, hoy. Sin borrar los hechos, o el dolor, pero aprender a dejar de estar gobernados por ello.
Y quizá eso sea, al final, la forma más clara de volver a la plenitud que alguna vez conocimos.
Sin regresar a la panza de nuestra madre, obvio. Pero sí aprendiendo a estar presentes en la vida que tenemos.
Plenamente.
— Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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