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La ilusión de la competencia: por qué vivir comparándote te aleja de tu mejor versión

La ilusión de la competencia: por qué vivir comparándote te aleja de tu mejor versión

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Esto es lo que encuentro más atractivo en los "Givers"exitosos: llegan a la cima sin perjudicar a los demás, encontrando maneras de expandir el pastel que los benefician a ellos mismos y a quienes los rodean. Mientras que el éxito es de suma cero en un grupo de "Takers", en grupos de "Givers", puede ser cierto que el todo es mayor que la suma de las partes."— Adam Grant


¿Cuántas de tus metas son realmente tuyas? ¿Cuándo fue la última vez que el logro de alguien cercano te generó alegría genuina, sin ningun tinte de incomodidad? ¿Qué harías diferente si nadie te estuviera mirando ni evaluando? ¿Estás construyendo una vida que valga la pena, o te la pasás queriendo demostrar algo?

Hay una creencia que opera en silencio en la mayoría de nosotros: que la vida funciona como una cancha. Que hay posiciones, que hay marcador, que moverse implica desplazar a alguien. No hace falta que nadie te lo haya dicho explícitamente porque sin darte cuenta lo absorbiste. En la escuela, en la familia, en cada feed que scrolleás sin pensar.

Que la vida es una competencia. Que hay ganadores y perdedores. Que si alguien avanza, vos te quedás atrás. Que el éxito de otro, de alguna forma, te quita algo.

Pero ¿y si esa idea fuera, simplemente, una distorsión?

La competencia, en su definición más estricta, tiene reglas claras, un inicio y un final, criterios que todas las partes conocen y aceptan. Hay un árbitro, un marcador y un ganador. Funciona perfectamente en un partido de fútbol o en una pelea de MMA. Pero la vida no tiene árbitro. No tiene marcador. Y definitivamente no tiene un momento en que el referee levanta la mano y dice: "este ganó". Un marco equivocado, aplicado con toda la dedicación del mundo, produce resultados equivocados.

Entonces, ¿por qué seguimos viviendo como si así fuera?


De dónde viene esto

La competencia tiene una lógica infalible en contextos específicos: un deporte, una licitación, una elección. Ahí hay reglas claras, criterios acordados, un inicio y un final. Todos saben cómo se gana. Todos saben cuándo termina.

Pero ese formato tiene raíces mucho más antiguas. Un nematodo, uno de los organismos más simples que existen, navega su entorno con la lógica: acercarse a lo que nutre, alejarse de lo que amenaza. No delibera. Reacciona. Durante miles de años, los humanos operamos con una lógica parecida: tribus que se disputaban recursos, territorio, supervivencia.

Lo que ocurrió después es que el contexto cambió radicalmente. La amenaza de extinción dejó de ser cotidiana. Literalmente vivimos en la etapa más cómoda de nuestra existencia. Pero el sistema de detección de amenazas no se actualizó al mismo ritmo. Siguió ahí, buscando rivales donde ya no los había, traduciendo la diferencia en peligro, el éxito ajeno en pérdida propia.

Hoy ese sistema se alimenta cuando vemos deportes profesionales, redes sociales que nos invitan a compararnos o narrativas corporativas que celebran "al mejor". El instinto primitivo se coló en nuestra programación sin mayor cuestionamiento.

Lo que la competencia le hace a tu cabeza

Cuando operás en modo competencia, la atención se va hacia afuera. Ya no preguntás qué querés. Preguntás qué tienen los demás. Ya no evaluás si estás avanzando. Evaluás si estás adelante. Si sos más que el otro. Si sos suficiente.

Eso tiene consecuencias atroces. La creatividad se contrae, porque crear requiere exposición y la exposición se siente peligrosa cuando hay un marcador. La autenticidad desaparece, porque mostrarte como sos implica un riesgo que el modo amenaza no puede tolerar. Y la satisfacción se vuelve estructuralmente imposible: cada logro solo reubica el umbral.

Vivir en una realidad en la que existen acuerdos no hablados, nos genera estados de bajos recursos asociados a ansiedades, conjeturas y miedos innecesarios.


La insatisfacción no es el problema

Una de las preguntas que más me hacen cuando hablo de esto es: "¿pero entonces no tengo ambición? ¿No me importa mejorar?" Y la respuesta es justo lo contrario.

Los seres humanos tenemos una insatisfacción constante. Es parte de nuestra naturaleza, una característica que no podemos apagar. Y podés usarla para medirte con otros y caer en la distorsión de la competencia. O podés usarla para preguntarte: ¿qué hice bien hoy? ¿Qué pude haber hecho mejor? ¿Qué puedo hacer mañana que no hice ayer?

Si la atención va hacia afuera, el deseo se convierte en paranoia. Pero si va hacia adentro, en criterio propio — fuente de autoridad interna.

La verdad es que ver lo que otros logran también puede ser útil, pero solo si lo usás como punto de partida y no como veredicto sobre vos mismo. Pensar "si él pudo, yo también puedo apuntar a algo así" es muy distinto a pensar "si él llegó ahí, yo no soy suficiente". La primera es una lectura útil de la situación. La segunda te condena.

¿Cómo sabés si estás viviendo en modo competencia?

A veces no es tan obvio. No siempre se siente como rivalidad. Se siente como ansiedad, como una paranoia constante que te hace siempre estar persiguiendo — esa sensación de que algo falta aunque objetivamente todo esté bien.

Fijate si esto te resulta familiar: las metas que perseguís no surgieron de vos, surgieron de lo que creés que otros esperan de vos. El logro de alguien cercano te genera envidia por dentro antes de que podás alegrarte. Llegás a algo que querías y casi enseguida ese algo pierde valor. Te mostrás distinto según quién te esté mirando, por estar buscando complacer la imagen que creés que tienen de vos.


Seguir en el juego

Hay una idea que me parece poderosa: la de los juegos infinitos. A diferencia de los juegos finitos, que tienen un ganador y un perdedor, un juego infinito no termina. El objetivo no es ganar. El objetivo es seguir en el juego.

La vida, el aprendizaje, las relaciones, el crecimiento personal... todo eso es un juego infinito. Y en ese tipo de juegos, la confianza no se construye derrotando a otros. Se construye sobre evidencia propia: lo que hiciste, lo que aprendiste, lo que superaste. Lo que acumulás no es un marcador, es una historia que te permite sostenerte cuando el camino se complica.

Cuando entendés eso, todo cambia. Dejás de operar desde la inseguridad y empezás a utilizar tu creatividad, actuás con entusiasmo, y alcanzás lo que algunos llaman estado de flow. No porque hayas eliminado los desafíos, sino porque la atención ya no está puesta en si vas más adelante o atrás que otros.

Y en ese punto ocurre algo fascinante: querés compartir. Tenés energía para compartir. Querés que otros también estén en el juego. Porque cuando dejás de ver a los demás como competidores, los empezás a ver como parte de algo más grande que vos mismo. La necesidad de pertenecer y de contribuir se vuelve más inspiradora que cualquier trofeo o reconocimiento pasajero.

No sé si alguna vez se puede eliminar completamente el instinto de compararse. Tal vez no. Pero sí se puede elegir, todos los días, hacia dónde dirigir esa energía.

Lo que hacés con esa elección define tus emociones, tus relaciones y tu realización en la vida.

Jorge

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ESCRITO POR

Jorge F. Chaverri M.

Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.

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Recuerdo una época en la que el conflicto me paralizaba. Quería tener una voz y no sabía cómo expresarla. Admiraba a aquellos que escribían columnas. Recuerdo a Diego Delfino desde tiempos de 89 decibeles escribiendo y ofreciendo su posición con contundencia. Me encantaba la idea de tener conversaciones y ofrecer diferentes puntos de vista y ayudar a otro a ver algo que no había visto, pero había una parte de mí que no había entendido: que el lenguaje era imperfecto y que no se trataba de ganar o perder. Y justamente eso hizo que antes me fuera prácticamente imposible sentirme seguro al comunicarme. Por mucho tiempo pasé asqueado y con tremenda aversión a la cultura digital de opiniones superficiales, sesgadas, acaloradas y amarillistas. Simplemente siendo parte del cóctel de la popularidad para generar roncha, obtener likes y encontrar validación a través de una posición que dejaba a otro en falta o en ridículo: una réplica absurda de lo que vemos en el mundo político, quizás.

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En el 2014, siendo gerente en una empresa de telecomunicaciones, con un equipo a cargo y mi primer matrimonio (el cual no duró demasiado), me encontraba constantemente con situaciones en las que no lograba transmitir mis ideas ni en la oficina ni en mi casa. No sabía dar feedback, no sabía expresar mi opinión, le huía a cualquier conversación incómoda con tal de, según yo, "llevar la fiesta en paz". El resultado era todo lo contrario. Sentía que cada cierto tiempo me reventaba una bomba en la cara. Y era sumamente frustrante. Ese año tomé una decisión que en el momento no parecía gran cosa. Dejé de quejarme de los otros y empecé a preguntarme qué podía hacer yo. Qué puedo hacer yo para que esto sea diferente. Qué puedo hacer yo para mejorar mis habilidades. Qué puedo hacer yo para influir en el cambio de mi propia vida. Con esas inquietudes empecé a formarme en coaching ejecutivo, neurociencias aplicadas y crecimiento personal, mientras seguía de día en el mundo de la ingeniería y la tecnología.

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Con más de 12 años de experiencia en negocios, estrategias comerciales, y más de 8 años ayudando, guiando y asesorando individuos, emprendedores, compañías, atletas y lideres para alcanzar su máximo potencial. Jorge Chaverri es el creador de la marca The MindCoach®, cofundador de la Academia Mind Coach y host de The Mind Podcast.

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