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Comunicación

¿Por dónde empezar a reparar tus relaciones?

¿Por dónde empezar a reparar tus relaciones?

jorge chaverri relaciones y comunicación

"Lo que va bien es más importante que lo que va mal" —George Vaillant, Triumphs of Experience



Nuestras experiencias positivas, nuestra capacidad de sanar y las buenas relaciones que construimos a lo largo de la vida tienen un impacto mucho mayor en nuestro bienestar final que los traumas, errores o carencias que hayamos sufrido en el pasado.

Últimamente he estado reflexionando sobre la importancia de mantener buenas relaciones con las personas que nos rodean. Y esto quizás es contraintuitivo en una sociedad individualista que nos invita a alejarnos, sin mayor análisis, de quienes "no nos hacen bien", a ir a trabajar sin hacer amigos, y a aceptar que las relaciones con la familia no serán las mejores.

Por mi lado, he decidido tener las mejores relaciones posibles con todos los que me rodean. Comenzando con mis seres queridos y de ahí, amigos, clientes, conocidos. Y además, he podido apreciar cómo mis propios estudiantes me cuentan historias de cómo han venido poniendo en práctica las herramientas de comunicación con los suyos y han recuperado relaciones que creyeron perdidas con sus hermanos, papás, tíos.

Esto me ha hecho reflexionar sobre una idea que tengo, que reconozco puede tener varias aristas y por ende ser controversial. Pero quiero compartirla porque quizás resuene con vos, y hasta sea la conversación que estás postergando con alguien de tu casa. Yo creo que, si logramos sanar nuestras relaciones familiares, estamos habilitándonos para tener las mejores relaciones posibles con los demás. Porque nuestro bienestar depende directamente de nuestras relaciones interpersonales.



De pequeño aprendí un mecanismo para lidiar con lo que me molestaba de los demás: la indiferencia. Callar antes que reclamar, pedir o confrontar. Era como si quisiera causar dolor por indiferencia y esperar a que el tiempo nos hiciera olvidar a los dos, y que con los días todo siguiera igual. El resultado: años cargando resentimientos y relaciones de amor-odio con las personas más importantes de mi vida.

La factura llegó de adulto, cuando empecé a tener relaciones fuera de mi núcleo familiar. Callarme no solucionaba nada. El patrón me costó una relación, muchísimo estrés, frustración, ataques de pánico. Pero fue ese sufrimiento el que me impulsó a buscar el cambio. Entonces empecé a limpiar de mi mente las creencias que me limitaban a la hora de interactuar y resolver conflictos.

En esa época tenía una relación distante con mi hermana, producto de situaciones del pasado que no habíamos logrado resolver. Pero me acuerdo perfectamente de la noche en que decidí buscarla para escucharla. Me dispuse a escuchar libre de juicios, a empatizar y a hacer saber mi punto de vista, pero primero haciendo mi esfuerzo por entender el de ella. Sin criticarla, sin juzgarla, sin culparla. Fue una conversación incómoda y muy difícil. Lloramos los dos, solucionamos lo que teníamos que solucionar y nos pedimos perdón. Desde esa noche, nuestra relación cambió. Después hice lo mismo con mis papás. Con amigos.

Y puse todo eso en práctica con mi, en ese entonces, novia. Hoy mi esposa.

Gracias a tomar acción de manera responsable, entendí que el patrón que rompí intencionalmente en el núcleo de mi familia se trasladó al resto de mi vida, incluso a lo profesional. Esa es la diferencia entre mis relaciones del pasado y las que tengo hoy. Logré "reconfigurar" mi mente y hoy tengo mejores recursos para resolver mis problemas con los demás.

¿Por qué fue tan importante haberlo hecho con mi familia? Porque el núcleo familiar es el primer lugar donde aprendemos a relacionarnos con otros, lo queramos o no. Nadie nos dio un curso y más bien fueron años de absorber cómo se pedía, cómo se callaba, cómo se perdonaba en la casa donde crecimos. Ahí entendimos qué implica tener una conversación difícil, demostrar enojo, hacer una petición, mostrar vulnerabilidad, escuchar, preguntar, validar nuestras emociones y las de los demás. Si no le damos sentido a ese contexto, arrastramos patrones viejos que no nos son útiles —y que las personas que se relacionen con nosotros mañana no tienen por qué padecer. Entonces, mi hipótesis es que necesitamos resolver nuestra relación con la familia si queremos alcanzar nuestro potencial relacional con otros.

Esta era mi idea y resulta que hay evidencia que la respalda. Los metaanálisis de la investigadora Julianne Holt-Lunstad( ^1 ) llevan años mostrando que la calidad de nuestras relaciones está correlacionada con nuestra longevidad. Y Daniel Siegel, con quien estudié, insiste en que la relación con nuestros cuidadores nos marca la personalidad. Nos marca, pero no nos determina: como adultos con injerencia en nuestro propio mundo, podemos modificarla. Gracias a la neuroplasticidad, el cerebro puede aprender respuestas nuevas ante los mismos estímulos; la condición es hacernos cargo con conciencia.

¿Y qué significa resolver nuestra relación con la familia? Existe un sinfín de contextos, que van desde padres ausentes hasta relaciones de agresión o abuso. Por lo que debo aclarar que cada quien debe encontrar su forma de solucionar. No hace falta cercanía, ni que tu familia se convierta en tu mejor amiga: alcanza con una sensación de liberación de cualquier rencor o dinámica nociva que te haga gastar energía. Se puede llegar ahí de hecho, con ayuda terapéutica o con autorreflexión. En el mundo ideal, podés tener una interacción empática e intencional con la otra parte. Pero también se puede llegar aunque el otro no coopere —con el papá que minimiza, con la mamá que se victimiza, incluso con quien ya murió—. Se trata de cambiar a partir de ver y aceptar al otro como un ser humano falible, con una historia familiar propia que muy probablemente todavía carga. Entender que no es personal. Eso es lo que permite construir una narrativa coherente: un entendimiento de tu historia en donde dejás de ser víctima y avanzás con recursos sanos.

Una narrativa coherente

Una narrativa coherente es la capacidad de contar la historia de tu vida con un sentido que se siente hasta en el cuerpo: tejer tu memoria autobiográfica con tu función narradora hasta entender cómo te moldeó lo que viviste. Se construye de adulto, revisando la infancia con ojos nuevos e integrando los recuerdos dolorosos, para responder con conciencia donde antes reaccionabas en automático. Quien le da sentido a su historia desarrolla seguridad interna y relaciones más felices con sus hijos o su pareja, aunque su propia infancia haya sido difícil.

Ojo con la trampa: el autoengaño también fabrica narrativas que se sienten coherentes. Alguien puede contarse "ya perdoné a mi papá, él también sufrió" y usar ese cuento para no confrontar nada, con el rencor intacto debajo. Hay dos pruebas que te permiten saber que la narrativa te sanó y que no es solo anestesia. Primera: dejaste de usar tu historia personal para justificar comportamientos y emociones insanas. Segunda: tus relaciones de hoy son mejores que las que aprendiste en tu casa; con una conciencia adulta y responsable trascendiste la forma en que te enseñaron a relacionarte.

La teoría del apego tiene un nombre para cuando lograste resolver tu historia personal y liberarte de los viejos patrones: seguridad aprendida. Se llama así porque se puede ganar de adulto, aunque tu infancia no te la haya dado.

Así que si te descubrís repitiendo el mismo patrón con parejas, jefes y amigos distintos, y reconocés que vos sos el factor en común, volvé a ver a tu familia. Ahí está el material para trabajar. El proceso más grande de sanación muchas veces ocurre donde más duele y es donde más aprendimos.

Del otro lado del proceso está lo que de verdad buscamos: relaciones en las que sabés qué querés lograr y qué necesitás de los demás, y lo pedís con libertad. Autenticidad, cooperación, colaboración y una realidad creada en conjunto.

Jorge



Referencias:

https://local.psy.miami.edu/faculty/dmessinger/c_c/rsrcs/rdgs/emot/PerspectivesonPsychologicalScience-2015-Holt-Lunstad-227-37.pdf

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ESCRITO POR

Jorge F. Chaverri M.

Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.

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Con más de 12 años de experiencia en negocios, estrategias comerciales, y más de 8 años ayudando, guiando y asesorando individuos, emprendedores, compañías, atletas y lideres para alcanzar su máximo potencial. Jorge Chaverri es el creador de la marca The MindCoach®, cofundador de la Academia Mind Coach y host de The Mind Podcast.

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