Comunicación

Tres preguntas para discutir de política sin ser experto, sin réferi y sin poder sobre el resultado.
«Vos y yo vamos dando tumbos por un mundo que nos desconcierta, porque estamos tan divididos que no logramos verlo con claridad» —Mónica Guzmán
Últimamente todos estamos hablando de política. En el chat familiar, en el almuerzo con amigos, en los comentarios de cualquier publicación. Tiene sentido, porque lo que pase con el gobierno toca la realidad presente y futura de cada quien. Y obvio, cada uno llega con lo que tiene a mano: reels, el titular de un periódico digital, medios independientes, una investigación más seria, inteligencia artificial. Lo que casi nadie tiene es la costumbre de conversar sobre esto. Las discusiones arrancan apasionadas y terminan en nada. Tratamos el debate como una competencia por la razón. Sobre un tema donde nadie en la mesa es experto y donde ninguno de los que discutimos decide nada.
Hace poco publiqué un artículo sobre el peligro de sentirnos obligados a opinar sobre todo. Cité fuentes primarias, puse fechas, enlacé declaraciones textuales. Los comentarios llegaron rápido. Uno decía: "Según lo que escribe y piensa que tiene miedo, también cae en la estupidez". Otro, de un amigo: "En esto, mi querido amigo, también estás siendo parte, jaja". Un tercero preguntaba en cuál de mis categorías cabía omitir que el otro lado del espectro también aplica todo lo que menciono. Les di corazón a los tres. Y mientras lo hacía, me encontré poniéndole nombre a cada postura.
Ese fue mi instinto, y lo llevé hasta el final. Estudié las falacias de contraargumento y armé el catálogo. El tu quoque: en lugar de responder al argumento, señalar que quien lo dice no lo cumple. Por ejemplo: "fumar aumenta el riesgo de varias enfermedades." "ah, pero vos fumás." Aunque fume, la afirmación sobre el tabaco sigue en pie; la incoherencia es otra discusión. El hombre de paja: responder a una versión deformada de lo que dije. Yo escribí, textual, que no puedo asegurar que vayamos hacia una dictadura, y me respondieron como si anduviera repartiendo la palabra en cada esquina. Y la más fina de todas, la equivocación: alguien usa mi vocabulario pero no mi marco conceptual, conserva mis palabras y les cambia el significado, de modo que parecemos discutir sobre lo mismo cuando ya no compartimos ni los conceptos.
Para distinguirlas solo debés preguntarte qué de lo que dije está siendo sustituido. Si te reemplazan el argumento por una caricatura, es hombre de paja. Si te reemplazan el análisis del argumento por un juicio sobre vos y tu coherencia, es ad hominem, y su variante más frecuente es el tu quoque (vos también).
Sentí que con la estructura técnica en mi mano tendría más comodidad. Yo con las etiquetas, ellos con sus errores. Pero aquí hay una trampa: clasificar al otro se siente por dentro igual que pensar. Ponerle nombre en latín a lo que alguien dijo da la sensación de que vamos bien, confirma lo que ya creíamos y nos distrae de lo único que importaba, que era conversar. Cazar falacias puede volverse otra manera de ganar, con vocabulario técnico para hacer lo de siempre. Querer tener la razón.
Para mí, reconocer las falacias lleva una capa más. Mucha gente cree que el lenguaje es la realidad y no ha notado que el lenguaje construye nuestra versión de la realidad (sí, así, subjetivamente) y, con ella, lo que sentimos. Sobre esto trabajan las narrativas de los líderes políticos. Cuando un líder llama "golpe de Estado" a un fallo judicial que no le favorece, elige la palabra por su efecto. Reclutar indignados.
Quien sabe que las palabras construyen esa versión puede examinar la narrativa antes de adoptarla; quien no lo sabe, la recibe como un hecho. Sin esta metacognición quedamos a merced de guiones que la historia ya montó muchas veces con distinto reparto. Sin importar tendencia política, cultura, educación o idioma.
Entonces, ¿cómo se discute de política sin ser experto, sin réferi y sin poder real sobre el resultado? De todo esto pensé en tres maneras en que nos podemos nutrir a la hora de pensar sobre estos temas.
Primero: escribir la versión más fuerte de la posición que me incomoda, tan fiel que quien la sostiene la leería y diría "sí, eso es exactamente lo que pienso". Adam Grant llama a esto pensar como científico: tratar cada opinión como una hipótesis que espera evidencia. Mi tarea de los hechos ya estaba hecha —fuentes primarias, lo que dijeron los mandatarios y no lo que alguien dijo que dijeron—, así que escribí el argumento de quien apoya al gobierno en el tema del Poder Judicial. En esta narrativa, el gobierno quiere poner orden y la oposición pretende beneficiarse. En la narrativa de oposición, los defensores de la Corte tienen principios y el gobierno tiene apetito de poder. Dos relatos que se repelen, armados con las mismas piezas: nosotros tenemos intenciones, ellos tienen motivos. La pelea pública gira alrededor de la atribución de motivos, y los motivos ajenos son lo único que nadie puede verificar. Por eso ninguna de esas conversaciones termina. Desde afuera no se verifican, aunque sí se pueden averiguar preguntando. Y estoy seguro de que si empezamos por preguntarle a la otra parte por sus intenciones, preocupaciones y motivaciones, estaríamos partiendo de un lugar en común.
Segundo: preguntarme qué evidencia bajaría mi confianza en lo que creo. Yo escribí que tengo miedo por la democracia. Me obligué a responder qué tendría que pasar para que ese miedo baje: criterios públicos para nombrar magistrados, voluntad real de negociar la nómina, un equilibrio entre caras nuevas y experiencia. No necesito que se queden los mismos de siempre; necesito ver voluntad de negociar. Si eso ocurre, mi miedo puede bajar y lo diré públicamente. Poder responder eso mantiene mi miedo en rango de hipótesis. Sin esa respuesta, el miedo se convierte en identidad, y una identidad se defiende a cualquier costo.
Tercero: preguntarme qué aprendí de la otra persona o de sus opiniones. Cuando me lo pregunté, contesté rápido: aprendí a detectar los marcos desde donde venían los comentarios, que las redes son mal lugar para conversar, que estudié las falacias con rigor. Fijate en la lista. Todo eso es información sobre mis interlocutores, casi munición para la próxima ronda. Aprender de alguien es poder decir qué sé hoy que ayer ignoraba gracias a lo que esa persona escribió. Mónica Guzmán, en I Never Thought of It That Way, lo condensa en una pregunta brutal: ¿qué me estoy perdiendo? Reflexionando sobre mi propia respuesta, me di cuenta de que verificar e interpretar son disciplinas separadas, y yo venía practicando una sola. No estaba buscando interpretaciones a favor de una perspectiva diferente, y aun con mi ejercicio de ir a las fuentes podría haber estado confirmando mi posición.
Nada de esto me hace callar ni fingir neutralidad. Sigo pensando lo que pienso y sigo yendo a la fuente, es decir, sigo basándome en los hechos. Lo que cambié es mi tren de autorreflexión. Antes de nombrar la falacia del otro, empezaré por los tres ejercicios sobre mis propias opiniones. En algunos momentos la falacia seguirá siendo falacia. A veces, debajo del sarcasmo, habrá alguna pregunta que me deberé hacer.
Y queda lo más importante: un comentario en redes sociales estimula la mente y hasta ahí llega. Pero una buena conversación en un almuerzo, con tiempo y con la intención de comprender al otro, es lo que cambia nuestras relaciones. Y esas relaciones son lo único de todo este asunto sobre lo que sí tengo poder.
Si no prestás atención a tus propias suposiciones, podés acabar siendo presa de las mentiras. Te dejo la tarea que me autoimpuse. Pensá en el comentario que más te haya incomodado esta semana. Probablemente ya sabés cómo está equivocado, según vos. Ahora, ¿qué tenía de cierto?
Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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¿Qué tenía de cierto lo que opinó el otro?
Últimamente todos estamos hablando de política. En el chat familiar, en el almuerzo con amigos, en los comentarios de cualquier publicación. Tiene sentido, porque lo que pase con el gobierno toca la realidad presente y futura de cada quien. Y obvio, cada uno llega con lo que tiene a mano: reels, el titular de un periódico digital, medios independientes, una investigación más seria, inteligencia artificial. Lo que casi nadie tiene es la costumbre de conversar sobre esto. Las discusiones arrancan apasionadas y terminan en nada. Tratamos el debate como una competencia por la razón. Sobre un tema donde nadie en la mesa es experto y donde ninguno de los que discutimos decide nada.

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¿Por dónde empezar a reparar tus relaciones?
Nuestras experiencias positivas, nuestra capacidad de sanar y las buenas relaciones que construimos a lo largo de la vida tienen un impacto mucho mayor en nuestro bienestar final que los traumas, errores o carencias que hayamos sufrido en el pasado. Últimamente he estado reflexionando sobre la importancia de mantener buenas relaciones con las personas que nos rodean. Y esto quizás es contraintuitivo en una sociedad individualista que nos invita a alejarnos, sin mayor análisis, de quienes "no nos hacen bien", a ir a trabajar sin hacer amigos, y a aceptar que las relaciones con la familia no serán las mejores.

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