Mentalidad

Yo no me inventé esta pregunta que, de hecho, ha desconcertado a pensadores serios durante siglos, y vale la pena entender por qué.
Imagino que tu intuición responde de inmediato: claro que sí, hay un estruendo ensordecedor, lo escuche alguien o no. Esa certeza es el punto. Caminamos por la vida confiando ciegamente en que el mundo exterior es exactamente tal cual lo experimentamos. Asumimos sin dudar que la hierba es verde por su cuenta, que el sonido existe solo, que somos receptores pasivos de una realidad ya terminada que nos llega tal cual es.
Pues la ciencia nos dice que esa certeza es falsa. Y esto puede cambiar la forma en que entendés cada discusión que tengás en tu vida.
Cuando el árbol golpea el suelo, lo que se produce es una ola de partículas vibrando en el aire. Eso es todo. Nada más. No hay sonido.
El sonido no está allá afuera, en el bosque: para que exista, esa energía física tiene que agitar el líquido de la cóclea en el oído interno, convertirse en impulsos eléctricos y llegar al cerebro, que los traduce.
El universo, por sí solo, no tiene sonido. Lo construimos nosotros, con nuestros filtros individuales: sentidos más conocimiento(energía e información+sentido+conocimiento=experiencia de la realidad).
El cerebro no traduce con neutralidad. No es un receptor pasivo que reporta lo que llega. Inventa, rellena, a veces fabrica sonidos que no existen y arma historias coherentes a partir de estímulos ambiguos. Lo que vos llamás "lo que pasó" ya pasó por una capa de interpretación antes de que te dieras cuenta.
El obispo George Berkeley llevó esto al extremo en el siglo XVIII: las cosas no existen si no hay una mente que las perciba. Su argumento se apoyaba en algo que la ciencia ya mostraba: el color no está en el objeto. El objeto refleja luz; el color lo fabrica tu cerebro a partir de la energía e información que llega a través del sentido de la vista y lo compara con el conocimiento previo— lo que ves no es la cosa, es tu versión de la cosa.
La física clásica nos da razones para confiar en que el mundo existe sin nosotros. Pero en mecánica cuántica una partícula no tiene un estado definido hasta que se la observa. La observación no lo revela sino que lo define. El observador no descubre la realidad. Participa en cómo se define.
Acá está lo que quiero que sostengás por un momento y no hace falta resolverlo rápido: no hay un punto fijo, externo, garantizado, desde el cual "lo que realmente pasó" exista intacto esperando que lo descubramos. No vivimos "el mundo" como es. Vivimos nuestros modelos internos del mundo. El cerebro filtra y traduce según tu idioma, tu cultura, tus experiencias previas, tus miedos, tus valores, tus significados, tus entendimientos, etc.
Ahora trasladá esto a una conversación.
Dos personas pueden vivir exactamente la misma conversación y sacar conclusiones incompatibles. Discutimos creyendo que debatimos hechos objetivos, cuando en realidad estamos defendiendo interpretaciones personales. Cuando alguien te dijo algo y vos te ofendiste, ¿dónde estaba la ofensa? No estaba en las palabras. Las palabras fueron vibraciones de aire, partículas en movimiento. La ofensa la construiste vos, en tu cerebro, con tus marcos mentales, tu historia, tu estado emocional de ese día. Igual que el sonido. La otra persona aportó el estímulo. Vos aportaste el significado. ¡BOOM!, Epicteto ya lo había dicho a su manera: la mente es cómplice del insulto
Esto te da algo maravilloso: responsabilidad. Si el malentendido no fue un hecho objetivo que te ocurrió, sino una construcción en la que participaste, tenés agencia sobre él. Podés preguntar antes de interpretar.
La próxima vez que una conversación empiece a calentarse por un exceso de certeza, acordate del árbol en el bosque. Frente a los mundos invisibles de los demás, la curiosidad siempre será la herramienta más poderosa para tener mejores interacciones sociales.
El árbol cae. El aire vibra. El ruido lo ponés vos. Y el significado también.
Jorge

ESCRITO POR
Jorge F. Chaverri M.
Jorge es conocido como The Mind Coach desde 2018. Creador de la Certificación Líderes en Comunicación Humana y conduce The Mind Podcast. Su trabajo parte de una idea fundamental: los marcos mentales que se sostienen en tu lenguaje deciden cómo pensás, liderás y te relacionás. Es cinturón negro de jiu-jitsu y practicante de la filosofía Estoica.
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Opinar es Gratis
Recuerdo una época en la que el conflicto me paralizaba. Quería tener una voz y no sabía cómo expresarla. Admiraba a aquellos que escribían columnas. Recuerdo a Diego Delfino desde tiempos de 89 decibeles escribiendo y ofreciendo su posición con contundencia. Me encantaba la idea de tener conversaciones y ofrecer diferentes puntos de vista y ayudar a otro a ver algo que no había visto, pero había una parte de mí que no había entendido: que el lenguaje era imperfecto y que no se trataba de ganar o perder. Y justamente eso hizo que antes me fuera prácticamente imposible sentirme seguro al comunicarme. Por mucho tiempo pasé asqueado y con tremenda aversión a la cultura digital de opiniones superficiales, sesgadas, acaloradas y amarillistas. Simplemente siendo parte del cóctel de la popularidad para generar roncha, obtener likes y encontrar validación a través de una posición que dejaba a otro en falta o en ridículo: una réplica absurda de lo que vemos en el mundo político, quizás.

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¿Y qué es lo mejor que puedo hacer al respecto?
En el 2014, siendo gerente en una empresa de telecomunicaciones, con un equipo a cargo y mi primer matrimonio (el cual no duró demasiado), me encontraba constantemente con situaciones en las que no lograba transmitir mis ideas ni en la oficina ni en mi casa. No sabía dar feedback, no sabía expresar mi opinión, le huía a cualquier conversación incómoda con tal de, según yo, "llevar la fiesta en paz". El resultado era todo lo contrario. Sentía que cada cierto tiempo me reventaba una bomba en la cara. Y era sumamente frustrante. Ese año tomé una decisión que en el momento no parecía gran cosa. Dejé de quejarme de los otros y empecé a preguntarme qué podía hacer yo. Qué puedo hacer yo para que esto sea diferente. Qué puedo hacer yo para mejorar mis habilidades. Qué puedo hacer yo para influir en el cambio de mi propia vida. Con esas inquietudes empecé a formarme en coaching ejecutivo, neurociencias aplicadas y crecimiento personal, mientras seguía de día en el mundo de la ingeniería y la tecnología.

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El peligro de sentirnos obligados a opinar sobre todo
La idea de la estupidez se diferencia fundamentalmente de la ignorancia: un estado que, cuando se reconoce, puede convertirse en una virtud. Responder "yo no sé" es muy diferente a "no me importa y no quiero saberlo". Porque esto último estaría entrando en el mundo de la estupidez. La teoría sobre la estupidez y su peligro para la sociedad fue propuesta y desarrollada de manera profunda por el teólogo y filósofo alemán Dietrich Bonhoeffer en cartas y diarios escritos desde su celda de prisión en 1943, mientras participaba en la resistencia contra el régimen nazi. Bonhoeffer planteó la idea de que la estupidez es una amenaza para la civilización mucho mayor que la maldad misma. Para comprender su propuesta, es necesario diferenciar la estupidez de otros conceptos afines.


